Mostrando entradas con la etiqueta #top5. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #top5. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2015

#TOP5 Censura

A diario escucho expresiones del tipo «¿Pero cómo puede pasar esto a día de hoy? ¡Si estamos en el siglo XXI!». Parece ser que los nacidos antes de la llegada del euro, de la catástrofe cibernética que provocaría el cambio de milenio y del fin del mundo maya, pensábamos que el nuevo siglo traería por fin el sosiego y la armonía y que las libertades serían respetadas. ¡Ja! Me río yo de los pronósticos de los años noventa. El resurgimiento de los conflictos en la Europa del Este, el nacimiento del Estado Islámico, la perversión de los gobiernos de Cuba o China o la patética situación de los ciudadanos de España, Italia o Grecia frente a gobiernos corruptos. Todo ello combate, al mismo tiempo, contra los que intentan extraer la verdad de un mundo que ya no parece tan nuestro. En los últimos años se han conocido una cantidad bárbara de casos de censura que posiblemente habrían quedado ocultos de no ser por la actual facilidad de transmisión de la información. Y como el arte es uno de los primeros lugares que se ve afectado por el intento de ser silenciado, hoy traigo cinco casos de censura que, desgraciadamente, son demasiado cercanos en el tiempo.

Piotr Pavlenski, Sin título, 2014
Si por algo se han caracterizado los gobiernos rusos desde la época del zarismo hasta Putin, pasando por el comunismo y los años posteriores a la caída de la URSS, es por el control absoluto de la población. Es hiriente que un país tan ricamente cultural –soy un enamorado de la estética eslava– se haya dedicado a perseguir, torturar y asesinar a aquellos que no confesaban con los líderes del momento. Es lo que le ha pasado a Piotr Pavlenski, conocido en los medios internacionales como el loco que se clavó los testículos en la Plaza Roja de Moscú. Con este acto, el artista consideraba que los rusos estaban anclados al Kremlin, que las personas se habían convertido en estatuas resignadas a lo arbitrario del poder. Sus actos de denuncia también han pasado por cortarse una oreja, coserse la boca o enrollarse en alambre de púas. La violencia de sus acciones recae en el intento de llegar a la prensa internacional para denunciar la situación de Rusia. Su trabajo se viene abajo cuando se le ve como a un tarado, con tal de no molestar a las delegaciones que esa nación helada tiene repartidas por medio mundo. No sea que vayamos a formar un conflicto por hablar claro.



Megumi Igarashi, Pussyboat, 2014
Es probable que el caso de Rokudenashiko, la chica mala, como le gusta apodarse, sea ampliamente conocido porque no pasó hace más de seis meses. Mujer japonesa es detenida por repartir una plantilla de su vagina para crear un molde en 3D. Algo así dirían los periódicos de aquel día. Sensacionalismo duro, es lo que nos va, al nivel del artista anterior. Megumi había mandado a unas treinta personas el molde de su vagina cuando fue detenida con su última creación: una canoa que emulaba, evidentemente, sus genitales. Esta semana leía la noticia de que Tokio ha sido considerada la ciudad más segura del mundo. Debe ser por cosas como estas. La legislación prohíbe distribuir material indecente. Por eso Japón no se caracteriza en absoluto por el manga y el anime con un alto contenido sexual, los juguetes eróticos, los clubs de alterne, el vestuario y los disfraces que enseñan más que tapan… Ah, un momento… Quizás todo ese material sí estaba autorizado. La realidad es clara: el hombre japonés puede poseer la vagina que su gobierno decida, no la que quiera una ciudadana.



Pedro Pablo Oliva, Utopías y disidencias, 2014
Ante todo, debo decir que no conocía el caso de este artista pero entra perfectamente en el tema que hoy trato. Al hablar de Cuba es imposible no pensar en la censura, en particular en la reclusión y silencio que tuvo que sufrir la bloguera Yoani Sánchez. Precisamente es amiga de Pedro Pablo Oliva. Y resulta curioso que teniendo estas relaciones con una disidente y tocando temas que parecen tan delicados en el régimen castrista, se le otorgara el Premio Nacional de Artes Plásticas en el año 2006, para recientemente censurarlo por haber elaborado una exposición que trataba sus tópicos habituales: pensar en la utopía, disidir, hablar libremente, no fiarse de lo que a uno le dice el gobierno… Pues resultó que justo antes de inaugurar Utopías y disidencias se consideró que el contexto cubano no ofrecía la garantía de condiciones favorables. Vaya, que su obra no era adecuada para con el régimen y que no se le permitía exponerla. A saber en qué desembocan las sorprendentes nuevas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos pero si no es realmente el pueblo cubano el que se levanta contra su gobierno, únicamente vivirán un cambio de imposición de poderes.

 
Pedro Pablo Oliva
El Disidente
2009

Ausín Sáinz, No apta para todos los públicos, 2014
Quizás esta es la exposición censurada que más revuelo mediático ha tenido en este país. Sucedió en 2014, hace justo un año, cosa que ya denota el estado de la nación. El artista Ausín Sáinz elaboró un conjunto de obras alrededor de lo podrido que está el sistema español y hubo dos en concreto que no se toleraron por parte de las instituciones del estado. En una de ellas había representado a Mariano Rajoy y Luis Bárcenas aguantando entre los dos una patata con la frente, al tiempo que el presidente del gobierno era coronado con una mierda. En el otro lienzo, la infanta Cristina, con mantilla y peineta, y una banda con los colores de la patria también lucía un tocado de excrementos. El Ayuntamiento de Salamanca, lugar donde se exponían las obras y con mayoría del Partido Popular, decidió cual deus ex machina, que no eran pertinentes. Mientras Ausín Sáinz era retenido por la policía, unos técnicos desmontaban la exposición –que el propio artista había tenido que montar anteriormente él mismo– y dejaron sus obras en la calle, bajo la lluvia, entre cartones, hasta que se cansaron de tratarlo como a un terrorista, que es lo que suelen hacer las fuerzas de seguridad del estado, aquellas que velan por todos nosotros.



Camila Cañeque, Sin título, 2013

Este es, posiblemente, el acto de censura que más me haya molestado, y tiene que ver mucho con el caso anterior. En la edición de 2013 de ARCOmadrid, la feria española de arte contemporáneo, una artista espontánea decidió realizar una acción: vestida con un traje de flamenca, se tumbó en el suelo, cubriéndose la cara con el pelo, y dejó junto a ella un abanico, un mantón, un ramo de claveles y unas hojas del Romancero gitano. España había muerto. La documentación del acto se resume a algunas fotografías esporádicas, puesto que no duró más de diez minutos allí, antes de que el personal de seguridad la expulsara del recinto. Aquello que no pasa por jurisprudencia no vale. En un espacio donde no importa la obra sino la suma de dinero que cuesta, una acción gratuita que no se puede comprar debe ser retirada. Quizás si hubiera ido de la mano de un galerista lo hubieran tolerado para posteriormente pedir perdón desde la dirección de ARCOmadrid por las sensibilidades que pudiera herir Camila. Sólo un año antes ya lo habían hecho a la Fundación Francisco Franco por la escultura de Eugenio Merino. En este país de conejos, si estás de su parte, sobrevives; si no, te retuercen el pescuezo. Camila Cañeque intentó mostrar que España había muerto, pero es que España siempre ha estado muerta.  


Charlie W.

domingo, 26 de octubre de 2014

#TOP5 Besos

Hace un tiempo, a comienzos de junio, decidí dedicar el inicio de cada mes a una entrada en formato TOP5, es decir, crear una lista de cinco cosas que tuvieran relación entre sí para que tuvierais la oportunidad de conocer algunas pinceladas de estas e investigar por vuestra cuenta. Después de mi retiro veraniego y mi falta de tiempo este octubre, la sección había quedado desolada hasta hoy. Por eso, a pesar de no ser primero de mes, quiero dedicar mi entrada a la representación del beso en el arte contemporáneo. Como apunte, debo decir que no voy a numerar las obras del 1 al 5 como hice la vez anterior porque no quiero que en ellas se establezca una jerarquía. Las doy tal como vienen. Vamos a ver, pues, cuáles han sido, bajo mi punto de vista, cinco de los contactos labiales más intrigantes, pasionales y sorprendentes de los últimos años.

Joan Fontcuberta, El món neix en cada besada, 2014
Comienzo por uno de los besos más recientes y próximos a mí. Se trata del gigantesco mosaico creado por el artista Joan Fontcuberta colocado este mismo año en la plaza Isidre Nonell de Barcelona. A partir de 4000 imágenes sobre cerámica, el artista ha conseguido formar un gran beso en un muro que, como él mismo define, no debe ser el de las lamentaciones. Con motivo del Tricentenari, los 300 años desde la caída de Barcelona ante las tropas de Felipe V, Fontcuberta ha querido mostrar una visión de futuro, un símbolo de amor y una idea que aquí es tremendamente extendida y parece no acabar de llegar fuera: que la sociedad catalana –y en especial la ciudad de Barcelona– está abierta al mundo, a acoger a aquellos que vengan y donde todo el mundo puede encontrar su lugar. La obra es un gran beso a los que estaban, a los que están y a los que estarán, y seguro que se convertirá en un nuevo icono de la ciudad condal.



Dmitri Vrubel¸ Mein Gott hilf mir, diese tödliche Liebe zu überleben, 1990
A pocos les sonará este título y este artista –yo soy el primero en desconocer que esta obra se llamaba así–. Pero si hablo de la East Side Gallery, la larga galería de graffiti sobre el muro de Berlín, y el beso entre Brezhnev y Honecker, a todo el mundo le viene la misma imagen a la cabeza. Esta obra tiene su origen en una fotografía de 1979 en que los dos protagonistas, altos cargos de la República Democrática Alemana (RDA), se besarían durante el 30 aniversario de esta misma. Aunque es común la idea de que el artista pretendía hacer una crítica al régimen comunista durante la Guerra Fría, lo único que quería mostrar era la unión de Europa y Rusia en un beso a pesar de su separación en la línea de un mapa. Pero leyendo el título (Dios mío, ayúdame a sobrevivir este amor mortal) no podemos más que pensar que algo de ironía va implícita en la obra. El estado lamentable del mural llevaría a Vrubel a repintarlo en el año 2009, con el temor que le provocaba desfigurar un símbolo mundial que él mismo había creado.



Pierre et Gilles, El beso, c. 1995
No podía faltar esta obra entre los cinco besos que quería mostraros. Me he aventurado a titularla –aunque estoy bastante seguro de que se llama así– y a darle una fecha porque he sido incapaz de encontrar su datación, aunque puedo intuir que se inscribe en la década de los 90. Poco hay que decir: homoerotismo, libertad sexual, supresión de los prejuicios y universo kitsch. Creo que la grandeza de esta pareja de artistas franceses recae precisamente en que no hace falta devanarse los sesos para que el mensaje llegue al espectador. Por supuesto, estoy totalmente a favor de un arte que intriga y que sobrepasa al que lo mira. Pero en algo tan real y tan carnal como un beso, y más uno entre dos hombres con las repercusiones sociales que ello causa todavía a día de hoy, no hace falta más que lo que se quiere mostrar. Claro que se toman la licencia de envolverlo todo en un aura barroca y, hasta cierto punto, cursilona. Pero es que la herencia de James Bidgood, padre de esta estética y del porno gay artístico, la llevan totalmente arraigada a la piel.



Constantin Brancusi, El beso, 1907
Viajamos ahora a un mundo totalmente opuesto a lo que acabamos de ver con Pierre et Gilles. Bajo el lema la simplicidad es la complejidad resuelta, Brancusi dedicaría su obra a encontrar la esencia de las cosas a partir de su reducción de formas. Por eso encontramos dos figuras antropomórficas entrelazadas y unidas por sus labios. Cabello, ojos, labios, brazos y cuerpo. Dos formas aparentemente divididas que luchan por fusionarse, formando un bloque compacto. Es la idea más pura del beso. La tosquedad de la obra es, precisamente, lo que conduce a pensar en el primitivismo que desprende ese beso, en la pureza que hay en él, un sentimiento que parece atrapado entre los brazos de los amantes. Me resulta inevitable pensar en El Banquete de Platón, cuando Aristófanes habla de los antiguos seres que fueron divididos por la cólera de Zeus. Eran los hombres, las mujeres y los andróginos, cada uno con cuatro brazos, cuatro piernas, un cuerpo circular y dos fisionomías. El temor de los dioses a que estos pudieran aumentar su poder hizo que quedaran partidos por la mitad, condenados a buscarse eternamente para volver a unirse. Quizás ese es el beso que nos enseña Brancusi, el de un ser que por fin ha podido volver a religarse y ser uno.



René Magritte, Les amants, 1928
Este es uno de los cuadros que más quebraderos de cabeza ha traído a los críticos y que, particularmente, más me ha perturbado. Poco debería decirse de él, más que cuatro apuntes formales. Entendiendo que Magritte trabaja en el puro Surrealismo, qué puede decir alguien de la obra si no está dentro de la propia mente del artista. Lo primero que uno debe comprender al contemplar Les amants es que no hay beso alguno, no hay boca a boca. Dejémonos, pues, de amantes desconocidos, de amores trágicos y de secretismos y vayamos a la vida de Magritte. En la biografía de un surrealista es donde suele encontrarse la llama que enciende su obra. Con 14 años, el artista tuvo que ver a su madre ahogada en el río Sambre, en su segundo intento de suicido, esta vez logrado. El vestido le tapaba la cara. René Magritte negó hasta la saciedad que su obra rememorara aquel hecho. Dalí también negaba haber amado a Lorca y se murió con su nombre en los labios. ¿Quién puede entender a un surrealista? Sea como fuere, los amantes de Magritte seguirán intrigando a las generaciones venideras con un beso que ni siquiera es un beso.




Charlie W.

domingo, 1 de junio de 2014

#TOP5 Artistas japoneses

Comprobado: estamos en el tiempo de las listas. Hay una tendencia actual entre los blogs y las revistas digitales a realizar entradas en las que se expone mucho y se dice poco. Pero crear un catálogo breve de elementos con algo en común también tiene cosas positivas: rápidamente, el lector descubre una serie de personajes, lugares u objetos por donde puede empezar a investigar sobre un tema. Es por ello –y por mi falta de tiempo para redactar algo con pies y cabeza– que me sumo a esta tendencia. Una vez al mes, podréis encontrar un #top5 de artistas, obras, museos o lo que se me vaya ocurriendo relacionado con el arte contemporáneo. Inauguran esta sección los actuales artistas japoneses. Os dejo con ella.

5. Takashi Murakami
¡No, no, no! No me lo confundáis con el escritor, vamos a empezar bien. Takashi Murakami es uno de esos artistas que mejor representan la imagen actual de Japón. Su obra se mueve desde las tradicionales formas de escultura y pintura hasta el diseño gráfico e incluso la moda, lugar donde creo que más ha acertado. En su arte se sintetizan dos elementos: el tradicionalismo japonés, mediante el que se formó, y el pop art americano. Que no es que yo esté un poco obsesionado pero lo llaman el Andy Warhol japonés, por haber creado una factoría artística en la que produce obras en cadena. Los amantes del manga adorarán a Murakami, puesto que consiguió llevar este estilo a los museos, poniéndose en contra de la crítica artística japonesa. Y todo ello en un ambiente de budismo, zen y un aura que invoca a Hokusai. Además, en los últimos años, el sexo explícito y desbocado es habitual en su obra. Destaca, para los devotos de la alta costura, su línea de bolsos en colaboración con la casa Louis Vuitton, una excepcional colección en la que unificó la temática japonesa, sus estrambóticas criaturas y la imagen tradicional de la marca francesa.

Takashi Murakami
727 - 727
2006
4. Motoi Yamamoto
Es, probablemente, el polo opuesto a lo que acabamos de ver. Si Murakami es excentricidad y egocentrismo, Motoi Yamamoto es un artista encerrado en sí mismo, dedicado a una práctica meticulosa y detallada que le procura infinitas horas de trabajo. Yamamoto trabaja con granos de sal. Las galerías de todo el mundo le contratan para que sobre sus suelos cree unos fascinantes tejidos de nubes, flores o figuras geométricas. El origen de su arte se encuentra en la muerte de su hermana: después de sufrir un cáncer cerebral y perderla a los 24 años, Yamamoto se dedicó a recuperar instantes detenidos en el tiempo, emociones que es incapaz de reproducir con la voz. La sal es ese elemento que en todas las culturas sana y purifica –a pesar de que en la cultura española siempre parece ir a lo negativo y es en ella donde la sal puede atraer la mala suerte–. El artista ha encontrado un paliativo a su dolor, manteniéndose a diario conectado con la sal para poder limpiarse. Una constante de todas sus creaciones son las líneas entrecruzadas, los giros, los laberintos; en definitiva, los caminos que no conducen a ninguna parte y la sensación de estar atrapado, tempestuosamente, siempre en el mismo lugar.

Motoi Yamamoto
Forest of beyond
2011 - 2012
3. Hiroshi Sugimoto
Silencio es el mejor término para definir la obra de Hiroshi Sugimoto. Dedicado por completo a la fotografía, el artista se dedica a captar las relaciones entre la luz y la oscuridad. En su obra, como en la de Yamamoto, el tiempo también parece haberse detenido. Ya sea a través del retrato, del paisaje o del objeto, Sugimoto encuentra elementos que emiten discursos sin voz. Lo sé, es algo difícil de comprender. Supongo que ejemplificarlo a través de una de sus obras lo hará más entendible: cuando el espectador se encuentra ante una monumental fotografía de un mar en calma, sabe que allí hay algo más. Es esa pausa silenciosa la que está interpelando al que contempla. Sugimoto se mantiene al margen. Él trae la obra para que diga algo. Podría atreverme a decir que ni siquiera el artista se atreve a decir nada más que lo que dice su obra. Ni el espectador ni el autor pueden emitir nada más de lo que la obra está transmitiendo. Es un limitarse a escuchar si es que quiere escucharse algo.

Hiroshi Sugimoto
Ligurian Sea, Saviore
1982
2. Yoko Ono
Era imposible hacer esta lista sin incluir a la japonesa más conocida de toda la historia de occidente. Sí. Porque Yoko Ono se fundó su carrera en Estados Unidos. Es por todos conocido su romance con John Lennon y la estúpida especulación de que fue ella la que separó a los Beatles. No voy a entrar en una polémica tan absurda. Para saber quién es Yoko, hay que conocer su arte. Y no vale con ver el vídeo en el que se dedica a gritarle a un micrófono durante un tiempo indeterminado. La artista ha hecho mucho más que llamar la atención. Es una de las mujeres que, a través del arte, ha conseguido que otras como ella pudieran tener un papel relevante en la sociedad. Ha luchado contra los cánones de belleza, contra el machismo o contra el problema racial. ¿Se ha formado un personaje a partir de ella? Puede ser. Pero cuántos artistas no han acabado siendo personajes y no por ello han hecho menos. Su lucha por la libertad de pensamiento y la paz en el mundo la dotan de una calidad superior a artistas que, aunque sean técnicamente perfectos, no consiguen decir nada con su arte.

Yoko Ono + John Lennon
Freedom
1970

1. Yayoi Kusama
Llegamos a lo más de lo más, a la apoteosis artística. Para el que lleve tiempo siguiendo este blog, supongo que se habrá dado cuenta de que me acaban interesando más los artistas en sí que su obra. Vaya, es lo que acabo de decir con Yoko Ono. Si coloco a Yayoi Kusama en el número 1 de esta lista es porque la relación que ha establecido entre arte y vida es terriblemente apasionante: como consecuencia de los traumas infantiles familiares, la artista sufriría una patología mental que marcaría toda su obra. Kusama está obsesionada con los puntos y por ello se dedica a representarlos constantemente en sus pinturas. Después de una experiencia en la que sintió como esos puntos la invadían, necesita verterlos sobre el lienzo para que no la lastimen. Afirma que si deja de pintar se suicidará. Fue la propia artista la que decidió internarse en un centro psiquiátrico para poder mantener viva su práctica artística y a ella misma. Es la expresión por excelencia de la paz japonesa unida a un ser indescriptible.

Yayoi Kusama
Horse play (Happening)
1965
Cinco artistas no son representación de toda una comunidad artística pero pueden dar una imagen de la situación actual en Japón. Para los que quieran investigar algo más, pueden seguir con Ushio Shinohara –y su mujer, una pareja imprescindible–, Sayaka Ganz, Junichi Nakamura, Koreiko Hino o Taisuke Mori. También sois libres de aportar en un comentario vuestro artista japonés predilecto. ¡Ah! Y voy a hacer una excepción y mencionaros a Katsushika Hokusai y Maruyama Okyo, pintores del siglo XVIII pero necesarios para entender el actual arte japonés. Si algo tiene Japón es que ha conseguido que su cultura esté profundamente arraigada en el arte, ya sea a través de la paz milenaria o de la contemporaneidad más rabiosa.

Charlie W.