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domingo, 18 de enero de 2015

Los grandes ojos de MARGARET KEANE

Antes del estreno de Big Eyes, la obra de Margaret Keane era totalmente desconocida entre el gran público. Pero como pasa siempre en estos casos, el aluvión de cuadros de la artista que se están compartiendo en las redes sociales es imparable. Aborrezco que algo que entra en la moda pueda destruir las conexiones establecidas en un reducido grupo. Pero la cultura de masas es así. Los que ya conocíamos a Margaret veremos engullida una parte de nosotros por todos los que inicien su andadura de adoración por ella. A pesar de esto, me siento impulsado a dedicarle algunas palabras y acercar su obra y su persona a los que aún no la conozcan.

Muchos la consideran la reina del mal gusto. Supongo que es necesario sacudirse la caspa del academicismo y estar abierto a lo que cualquiera puede ofrecernos. Es agotador debatir con un culturilla de tres al cuarto sobre qué es el arte y qué no lo es. Si usted considera que lo que hacía Margaret Keane es basura, adelante, aparte la mirada y dedíquese a otra cosa. Pero para los que se sientan cautivados por su trabajo y quieran escuchar algo real, deben saber que fue capaz de permitir que sus profundidades visceralmente sensibles se vertieran en un ambiente pop, dos entidades, en principio, opuestas. Sus imágenes fueron tan potentes que influenciarían a artistas posteriores como Hsiao-Ron Cheng, Vicki Berndt, Korehiko Hino y Mark Ryden –del cual podéis encontrar una entrada dedicada a él en este blog–.

La característica básica de la obra de Margaret Keane que llega a los artistas citados anteriormente son los niños de ojos grandes. Es un tópico que se repite ad aeternum. Pueden ser una representación de cuerpo entero, un retrato o incluso únicamente sus ojos. Quizás están llorando o sus ojos están secos. Alguna vez acompañados de otros niños o de animales. Pero siempre con ese semblante serio, aunque incluso los más tristes parecen ajenos al dolor que sienten. A pesar de que uno intente dar una interpretación que se aleje del psicoanálisis, la propia artista afirmó en su autobiografía que ella era como esos niños. Nacida en el seno de una familia tradicional y religiosa estadounidense, Margaret Keane se preguntaba sobre el sentido de la vida y la existencia de Dios. ¿Por qué el gran bondadoso permitía la pena, la angustia, el dolor y la muerte? Esas dudas se reflejaban en los ojos de cada niño de Margaret. Sería su acercamiento a los Testigos de Jehová lo que le daría una nueva visión del mundo y una sonrisa en los rostros de sus pinturas. Pero para llegar a ello, hay que pasar por un tema central en su vida, en lo que ha querido fijarse Tim Burton al hacer su película.

Margaret Keane
The Stray
c. 1960

A finales de los años 50, Walter Keane aparecería en la vida de Margaret. Su voluntad por ser artista le había llevado a falsificar malos cuadros paisajistas que le llegaban desde París. Se casó con Margaret al poco tiempo de conocerla y consiguió engañarla para atribuirse su obra. Así consiguieron montar un imperio en el que entraba en juego la reproductibilidad de la obra de arte. La gente empezó a acceder a los cuadros de Keane a través de carteles baratos porque los precios les impedían comprar un original. Cuentan que Andy Warhol se influenció de esta técnica para poder vender masivamente sus serigrafías. Pero ambos artistas son tan paralelos en el tiempo que yo opto por pensar que la expansión de sus obras de forma similar fue, más bien, un hecho casual. Eso sí, el fundador de la Factory siempre consideró que la obra de Walter Keane era brillante. Y es que el marido de la verdadera artista se pasó 30 años vendiendo los cuadros como si fueran suyos, hasta que en 1986 se pudo demostrar la mentira.

Margaret Keane
Tomorrow Forever
1964

Algo que se explica en la película y que yo desconocía por completo, es el doble discurso o la bifurcación expresiva que Margaret desarrolló durante su matrimonio con Walter. Ya que todo el mérito se lo llevaba él por esos niños de ojos grandes, Margaret empezó a crear una obra secundaria, más madura, en la que su autorretrato queda patente. Sus rostros se vuelven más alargados, sus ojos toman una forma elíptica y los personajes acostumbran a ser mujeres que aparentan tener unos cuarenta años. Si hasta el momento sus niñas podían ser bailarinas de Degas y tahitianas de Gauguin, sus mujeres eran toda una influencia de Modigliani. Porque si algo tuvo Margaret Keane, a pesar de un gran número de detractores, es educación artística. Más de uno puede estremecerse con sólo pensar que puede haber algún punto en común entre los grandes artistas de final y principio de siglo y esta ama de casa americana. Pero sólo hace falta unir una de estas mujeres de Keane con una de las de Modigliani. Por no hablar de la mirada de realismo que hace Margaret con los niños agarrándose a los marcos del cuadro y las lágrimas resbalando por fuera del lienzo.

Margaret Keane
Sin título
c. 1960

A pesar de cuánto se aprovechó Walter de su mujer, ella siempre ha reconocido que su fama vino gracias a él. A principios de los 60 era muy raro que una mujer destacara en el mundo del arte, y más haciendo algo tan antiacademicista como lo que pintaba Margaret. Ante todo, sobre ella dominaba la mentalidad tradicional: si su marido creía que cederle el mérito era bueno para ellos, no había nada que discutir. Él le prometió una estabilidad, una casa, un lugar donde poder pintar y una seguridad para su hija. Todo se cumplió. A costa del silencio de Margaret.

Margaret y Walter Keane, fotografiados juntos en 1963

Lo siniestro constituye condición y límite de lo bello, que diría Eugenio Trías. Esto es lo que yo veo en la obra de Margaret Keane. Los ojos de sus niños son un límite entre lo bello y lo siniestro. La belleza que inspiran, esa bondad plástica que sale del cuadro e impulsa la necesidad de protegerlos roza con una mirada vacía, profunda, a veces húmeda, oscura, acompañada de un rostro gélido. Cada niño es testimonio de un dolor profundo, de una duda no resuelta, de un temor a lo desconocido, de una angustia insufrible. Esos grandes ojos son un grito de auxilio de una mujer quebrantada.


Charlie W.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Mi experiencia con MARINA ABRAMOVIĆ

Marina Abramović se ha convertido en una estrella del pop. Me dirijo a ella en estos términos porque, a pesar de que a cada paso que da le surgen más detractores, yo todavía encuentro un punto artístico en su trabajo. Y el pop, le pese a quién le pese, también es arte. Aunque también el pop puede no serlo y Marina debería ir con cuidado. El pasado agosto tuve la oportunidad de viajar a Londres y visitar la Serpentine Gallery, un lugar en el centro de Kensington Gardens en el que Marina estuvo desarrollando su performance a lo largo de 512 horas, interrumpidas por el cierre diario de la galería. 

Ante todo, debería matizar el término performance en cuanto a lo que allí me encontré. Se proponía al visitante dejar cualquier objeto personal atrás y llevar puestos una especie de auriculares gigantes que aislaban el ruido por completo. El espacio se dividía en tres: una sala central en la que uno podía sentarse en sillas de madera o colocarse en una plataforma central, una sala a la derecha en la que se podía pasear y una sala a la izquierda donde tumbarse en una especie de camas bajas. Es fácil comprender que la propuesta de Marina era aislar del mundo exterior a los visitantes de la galería. ¿Por qué? No me quedó nada claro.



Si bien es cierto que al principio me angustié por el absoluto silencio y el hecho de sentarme frente a una pared me produjo algo de claustrofobia, a los pocos minutos me fui adaptando, me cambié de sitio y pude “disfrutar” de la experiencia, si es que realmente aquello era un disfrute. Ni me dediqué a caminar por una sala, ni me tumbé en las camas -¿estamos locos?- pero sí tuve momentos en los que no pensaba absolutamente en nada y llegué a dejar de pensar cuánto tenía que durar aquello y qué diablos estaba haciendo allí. Incluso a mi salida no me apetecía hablar: la visita me dejó tan relajado que no lo necesitaba. Ahora bien, hay dos cosas que me mosquean enormemente de esto.

La primera de ellas es que no me aportó nada nuevo. En la oscuridad de una habitación, con el teléfono apagado y sin relojes, uno puede desconectar al mismo nivel que en la galería. De hecho, en tu soledad puedes desconectar mucho más del mundo porque el personal de Marina –o gente anónima, aún no sé bien quién era aquella gente– se dedicaba a arrastrar a algunas personas al centro de la sala para implicarlos en la acción. Personalmente, no me gusta ni que me toque un desconocido ni mucho menos que me fuercen a algo que no quiero. Pero oye, si la señora Abramović cree que eso es lo necesario para que alguien llegue a no pensar en nada... ¡Que lo mismo me estoy aventurando y no era la propuesta! Quizás Marina buscaba una conexión entre todas las personas que allí nos encontrábamos. O puede que todo fuera parte del “Método Abramović”, que tanto ha popularizado Lady Gaga. Quién sabe, lo mismo algún día cantan juntas, a pesar de la muerte cerebral de los Little Monsters. La cuestión es que a uno no le queda muy claro qué diantres está haciendo allí cuando abre los ojos y observa como un grupillo de gente con los auriculares aislantes propios de un obrero se sientan alrededor de otros que parece que aspiran a la levitación. Me resultaban menos satánicas performances como Rhythm 5, en la que Marina saltaba al centro de una gran estrella en llamas. Adorable.

La segunda cuestión que me molestó de todo esto fue la implicación de Marina y por la que he deducido que se ha vuelto una estrella del pop. ¿Qué papel tenía ella en su propia obra? El mismo que cualquier otro que se pasara por allí. Se mantenía sentada, se daba una vuelta y en algún momento la vi hablar con otras personas. Sí, es cierto, artista es aquel que materializa la idea. Todos sabemos que cualquiera podría haberlo hecho pero ella ha sido la primera. Hasta ahí estamos de acuerdo, es el tema de siempre. Pero después de la retrospectiva de 2010 en el MoMA –en la que recuperaba muchas de sus acciones y se mantuvo 700 horas sentada frente a los visitantes del museo– uno espera que deje atrás el fanatismo para volver a la radicalidad. ¿Dónde está la Marina que rompía la sensibilidad del espectador, esa artista que hacía sufrir, que obligaba a la gente a maltratarla, que se golpeaba y se gritaba con su amado Ulay y que llegaba a poner en riesgo su vida? Puede que le haya pasado como a Gina Pane, que haya dejado atrás el maltrato para hacer una reflexión más espiritual sobre el cuerpo en esta etapa más madura de su vida. Pero quizás no era necesario convertirse en una diva. Y no seré yo el que la critique por ello cuando soy adorador, como es ampliamente sabido, de Andy Warhol, seguramente una de las mayores divas de los 70 y los 80. Pero si después de pasarse 40 años poniéndose al límite y forzando al espectador a reflexionar ahora se dedica a pavonearse por las galerías de medio mundo, auguro, muy a mi pesar, que la diva se comerá a la artista.

Charlie W. 





domingo, 1 de junio de 2014

#TOP5 Artistas japoneses

Comprobado: estamos en el tiempo de las listas. Hay una tendencia actual entre los blogs y las revistas digitales a realizar entradas en las que se expone mucho y se dice poco. Pero crear un catálogo breve de elementos con algo en común también tiene cosas positivas: rápidamente, el lector descubre una serie de personajes, lugares u objetos por donde puede empezar a investigar sobre un tema. Es por ello –y por mi falta de tiempo para redactar algo con pies y cabeza– que me sumo a esta tendencia. Una vez al mes, podréis encontrar un #top5 de artistas, obras, museos o lo que se me vaya ocurriendo relacionado con el arte contemporáneo. Inauguran esta sección los actuales artistas japoneses. Os dejo con ella.

5. Takashi Murakami
¡No, no, no! No me lo confundáis con el escritor, vamos a empezar bien. Takashi Murakami es uno de esos artistas que mejor representan la imagen actual de Japón. Su obra se mueve desde las tradicionales formas de escultura y pintura hasta el diseño gráfico e incluso la moda, lugar donde creo que más ha acertado. En su arte se sintetizan dos elementos: el tradicionalismo japonés, mediante el que se formó, y el pop art americano. Que no es que yo esté un poco obsesionado pero lo llaman el Andy Warhol japonés, por haber creado una factoría artística en la que produce obras en cadena. Los amantes del manga adorarán a Murakami, puesto que consiguió llevar este estilo a los museos, poniéndose en contra de la crítica artística japonesa. Y todo ello en un ambiente de budismo, zen y un aura que invoca a Hokusai. Además, en los últimos años, el sexo explícito y desbocado es habitual en su obra. Destaca, para los devotos de la alta costura, su línea de bolsos en colaboración con la casa Louis Vuitton, una excepcional colección en la que unificó la temática japonesa, sus estrambóticas criaturas y la imagen tradicional de la marca francesa.

Takashi Murakami
727 - 727
2006
4. Motoi Yamamoto
Es, probablemente, el polo opuesto a lo que acabamos de ver. Si Murakami es excentricidad y egocentrismo, Motoi Yamamoto es un artista encerrado en sí mismo, dedicado a una práctica meticulosa y detallada que le procura infinitas horas de trabajo. Yamamoto trabaja con granos de sal. Las galerías de todo el mundo le contratan para que sobre sus suelos cree unos fascinantes tejidos de nubes, flores o figuras geométricas. El origen de su arte se encuentra en la muerte de su hermana: después de sufrir un cáncer cerebral y perderla a los 24 años, Yamamoto se dedicó a recuperar instantes detenidos en el tiempo, emociones que es incapaz de reproducir con la voz. La sal es ese elemento que en todas las culturas sana y purifica –a pesar de que en la cultura española siempre parece ir a lo negativo y es en ella donde la sal puede atraer la mala suerte–. El artista ha encontrado un paliativo a su dolor, manteniéndose a diario conectado con la sal para poder limpiarse. Una constante de todas sus creaciones son las líneas entrecruzadas, los giros, los laberintos; en definitiva, los caminos que no conducen a ninguna parte y la sensación de estar atrapado, tempestuosamente, siempre en el mismo lugar.

Motoi Yamamoto
Forest of beyond
2011 - 2012
3. Hiroshi Sugimoto
Silencio es el mejor término para definir la obra de Hiroshi Sugimoto. Dedicado por completo a la fotografía, el artista se dedica a captar las relaciones entre la luz y la oscuridad. En su obra, como en la de Yamamoto, el tiempo también parece haberse detenido. Ya sea a través del retrato, del paisaje o del objeto, Sugimoto encuentra elementos que emiten discursos sin voz. Lo sé, es algo difícil de comprender. Supongo que ejemplificarlo a través de una de sus obras lo hará más entendible: cuando el espectador se encuentra ante una monumental fotografía de un mar en calma, sabe que allí hay algo más. Es esa pausa silenciosa la que está interpelando al que contempla. Sugimoto se mantiene al margen. Él trae la obra para que diga algo. Podría atreverme a decir que ni siquiera el artista se atreve a decir nada más que lo que dice su obra. Ni el espectador ni el autor pueden emitir nada más de lo que la obra está transmitiendo. Es un limitarse a escuchar si es que quiere escucharse algo.

Hiroshi Sugimoto
Ligurian Sea, Saviore
1982
2. Yoko Ono
Era imposible hacer esta lista sin incluir a la japonesa más conocida de toda la historia de occidente. Sí. Porque Yoko Ono se fundó su carrera en Estados Unidos. Es por todos conocido su romance con John Lennon y la estúpida especulación de que fue ella la que separó a los Beatles. No voy a entrar en una polémica tan absurda. Para saber quién es Yoko, hay que conocer su arte. Y no vale con ver el vídeo en el que se dedica a gritarle a un micrófono durante un tiempo indeterminado. La artista ha hecho mucho más que llamar la atención. Es una de las mujeres que, a través del arte, ha conseguido que otras como ella pudieran tener un papel relevante en la sociedad. Ha luchado contra los cánones de belleza, contra el machismo o contra el problema racial. ¿Se ha formado un personaje a partir de ella? Puede ser. Pero cuántos artistas no han acabado siendo personajes y no por ello han hecho menos. Su lucha por la libertad de pensamiento y la paz en el mundo la dotan de una calidad superior a artistas que, aunque sean técnicamente perfectos, no consiguen decir nada con su arte.

Yoko Ono + John Lennon
Freedom
1970

1. Yayoi Kusama
Llegamos a lo más de lo más, a la apoteosis artística. Para el que lleve tiempo siguiendo este blog, supongo que se habrá dado cuenta de que me acaban interesando más los artistas en sí que su obra. Vaya, es lo que acabo de decir con Yoko Ono. Si coloco a Yayoi Kusama en el número 1 de esta lista es porque la relación que ha establecido entre arte y vida es terriblemente apasionante: como consecuencia de los traumas infantiles familiares, la artista sufriría una patología mental que marcaría toda su obra. Kusama está obsesionada con los puntos y por ello se dedica a representarlos constantemente en sus pinturas. Después de una experiencia en la que sintió como esos puntos la invadían, necesita verterlos sobre el lienzo para que no la lastimen. Afirma que si deja de pintar se suicidará. Fue la propia artista la que decidió internarse en un centro psiquiátrico para poder mantener viva su práctica artística y a ella misma. Es la expresión por excelencia de la paz japonesa unida a un ser indescriptible.

Yayoi Kusama
Horse play (Happening)
1965
Cinco artistas no son representación de toda una comunidad artística pero pueden dar una imagen de la situación actual en Japón. Para los que quieran investigar algo más, pueden seguir con Ushio Shinohara –y su mujer, una pareja imprescindible–, Sayaka Ganz, Junichi Nakamura, Koreiko Hino o Taisuke Mori. También sois libres de aportar en un comentario vuestro artista japonés predilecto. ¡Ah! Y voy a hacer una excepción y mencionaros a Katsushika Hokusai y Maruyama Okyo, pintores del siglo XVIII pero necesarios para entender el actual arte japonés. Si algo tiene Japón es que ha conseguido que su cultura esté profundamente arraigada en el arte, ya sea a través de la paz milenaria o de la contemporaneidad más rabiosa.

Charlie W.

domingo, 18 de mayo de 2014

¡Qué arte tienes, maricón!

Ayer se celebraban 24 años de la supresión de la homosexualidad como un trastorno mental por parte de la Organización Mundial de la Salud. Es por ello que se celebró, una vez más, el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Como comenté a mi gente, considero que todavía queda mucho por hacer para lograr una sociedad totalmente igualitaria: acabar con la discriminación en las aulas y en los puestos de trabajo, liberar a los transexuales de la presión social y médica, aceptar la bisexualidad, intersexualidad o asexualidad como otras formas de vivir y, por supuesto, lograr que internacionalmente, la comunidad LGBTI no esté sometida a delitos y penas de muerte. Para evitar que esto se convierta en un valle de lágrimas propio de Escarlata O’Hara, he pensado que sería divertido hablaros de todo aquello que yo considero arte dentro del mundo gay, más allá de lo reivindicativo. L'art pour l'art, pero más animado.

No puedo empezar de forma mejor que mencionando a Pierre et Gilles. La maravillosa pareja artística y sentimental francesa ha dedicado su producción artística a crear una fotografía única. Su obra empezó a conocerse gracias a que incluyeron en sus trabajos a gente de la talla de Andy Warhol o Iggy Pop. Han conseguido elaborar un universo propio de ensueño en el que abundan los torsos musculosos, las caras angelicales y los entornos paradisíacos. Es una fotografía para el puro deleite visual. No intenta decir nada, no pretende lograr cosas, no remueve la conciencia del espectador... ¿o sí? Vaya, más de un cura clamaría al cielo al ver su maravillosa recreación de San Sebastián. Aunque algún otro seguro que buscaría una copia de la obra para llevársela a su celda, no me cabe la menor duda. Su influencia no podía venir de otro lado que no fuera del porno. Podría decirse que son descendientes casi directos de James Bidgood, el cineasta que supo mantener la pornografía como un arte y no rebajarla al puro sexo, donde está ahora relegada. 

Pierre et Gilles
Mercurio
2001
Y de una pareja artística y sentimental a otra. Si alguien ha hecho en este país algo por lograr la apertura sexual, esos fueron Costus. Es la representación por excelencia del pop español y la Movida Madrileña. Fueron esenciales para transformar la cultura enraizada en el más estricto tradicionalismo dictatorial. Sólo hay que ver el retrato que hicieron de Carmen Polo para darse cuenta de cómo se la jugaron. Pintar a la viuda de Franco en plena transición democrática es síntoma de que algo estaban haciendo por el cambio. Y si Pierre et Gilles tuvo a James Bidgood, Costus tuvo a Fabio McNamara, genialidad única e irrepetible. Más allá de las actuales polémicas en cuanto a su figura, es innegable la presencia que ha tenido Fabio en la historia cultural de este país. El punk, el pop, las drag queens, el cine alternativo, el sexo libre y un eterno etcétera. Todo pasa por Fabio. Puede que sin Costus, Fabio y el ambiente que les rodeaba, todavía seguiríamos con el carro de Manolo Escobar.

Costus
Carmen Polo, viuda de Franco
1978
Ahora que está tan de moda trabajar con el mundo Disney y sacar de él toda la esencia gay –casi de forma enfermiza, os estáis pasando– no se puede dejar al margen la obra de José Rodolfo Loaiza Ontiveros. Fue uno de los primeros que cogió a las princesas modositas y a los fortachones y les hizo esnifar cocaína, morrearse entre ellos y raparse. ¿Reivindicativo? Puede. A mí me divierte más que me impacta. Es algo que cualquiera que no sea muy cerrado de miras ha reflexionado alguna vez: la factoría Disney ha negado al colectivo LGTBI de sus creaciones. O los ha ocultado, porque Úrsula, Maléfica y Jafar podrían compartir piso en Chueca.

José Rodolfo Loaiza Ontiveros
Disasterland
2012
En la línea de José Rodolfo, la artista canadiense Dina Goldstein ha intentado eliminar el estereotipo de la muñeca Barbie a través de su serie de fotos In the Dollhouse. La representante del colectivo de niñas tontas americanas vive encerrada en su casa rosa mientras Ken le pone los cuernos con otro muñequito. Pobre. Dina es tan drama queen que hace que Barbie se acabe cortando la cabeza. Vaya, todo un espectáculo. La propuesta es sumamente genial. El problema está en las madres protectoras que se aterrorizan ante la posibilidad de que el ídolo de sus hijas sea engañado por un homosexual desviado. A las One Million Moms les va a acabar dando un ataque con cosas como estas. Lo mismo se cortan la cabeza ellas también.

Dina Goldstein
The Affair
2011
Más allá de la fotografía, la pintura o la ilustración, hay cientos de elementos que se fusionan con la comunidad LGTBI y consiguen hacer de ello una verdadera cultura: Judy Garland en El mago de Oz, Carmen Miranda, ABBA, las novelas de Gore Vidal, Freddie Mercury, Liberace, Nancy Sinatra, The Rocky Horror Picture Show, Amanda Lepore, Roberta Marrero, los hermanos Versace, Liza Minnelli, Ellen DeGeneres, Dolly Parton, Priscilla, reina del desierto, La Prohibida, el cine de Andy Warhol, John Waters y Pedro Almodóvar, Bette Midler, Jane Fonda en Barbarella, Donna Summer, Mary Poppins, los Village People, Hedwig and the angry inch, Fangoria o la Veneno. ¡Ojo! Yo no estoy diciendo que esta lista esté restringida al mundo homosexual. Puede que mi gusto esté estereotipado. Pero ya que esta entrada es un elogio al mundo LGBTI, qué menos que hablar de lo que nos une culturalmente. Por supuesto que habrá heterosexuales que se puedan ver identificados con todo lo que he dicho. Mejor aún, ahí reside la igualdad, en encontrar nexos culturales comunes que no tienen nada que ver con quién se va a la cama cada cual. En definitiva, que vivan las personas, que viva el arte y que viva el sexo.



Charlie W. 

domingo, 6 de abril de 2014

Artópicos

Si uno abre un libro de texto escolar de Historia del Arte, además de sentirse horrorizado por la forma en que se destripa el espíritu artístico, se encontrará, azarosamente, con cosas como: «con la reproducción de la lata de sopa Campbell, Warhol aproximó la expresión artística a la clase popular; demostró que un objeto puede ser transformado en arte, denunciando a su vez la cultura de consumo y representando a América con sólo una imagen.» ¡Qué sarta de estupideces! Si uno, después de haber leído esto, se dedica a buscar entrevistas del artista, su autobiografía y demás material crítico, se encontrará con que le han engañado de la peor forma. No voy a dedicarme a desmitificar a Warhol aquí –ya hay otra entrada en este blog que lo hace–. Esto me sirve de pretexto para demostrar que aquel que se inicia en el estudio del arte se encuentra con elementos que deformarán la realidad. Si esta persona se limita a este tipo de informaciones banales, se acaba cargando de ideas defectuosas que traspasa a los que le rodean. Es así como se ha acabado creando una sociedad en torno al arte contemporáneo que lo rechaza por unos tópicos claves que hoy vengo a desgranar.

«El arte contemporáneo no es arte»

Esta frase es corriente en aquellos que aparecen en los museos como si ocurriera el deus ex machina de una tragedia griega. No saben como han llegado hasta allí pero se creen capaces de resolver la situación con sólo abrir la boca. ¿Justificación? Ninguna. Pero como es algo que deben haber escuchado de algún puritano que sigue afincado en la Florencia de los Médici, sublimando eternamente a Miguel Ángel, consideran que pueden hacerse suyo este argumento. Razones tendrá alguien que lleva toda su vida dedicada al estudio del Renacimiento para creer que no hay arte a partir del siglo XX. Pero que una de estas garrapatas sociales sin criterio se lo apropie para dárselas de entendido… Lea usted un poco y dedíquese a reflexionar cuando cruce la puerta del museo en vez de hacer una batida en media hora para conseguir el máximo de selfies junto a un cuadro para poder compartirlo después con otros mil amigos de Facebook que inútilmente pensarán que entiende de arte.


Marcel Duchamp
Fountain
1917
«Es que yo de arte no entiendo»

¿Entiendo yo de fútbol? Cero. Así que ni hablo de ello, ni lo veo, ni compro un periódico de deportes, ni voy por el mundo visitando campos de fútbol. Dejen de pensar que necesitan entender de arte. De verdad. El mundo va a seguir girando. Si hemos llegado hasta aquí con siglos de analfabetismo artístico, por qué empeñarse ahora en que todo el mundo debe comprender el arte. ¡Que sería magnífico, no lo niego! Pero se ha perdido el rumbo. Saber de arte no es tener una larga lista de obras mundialmente conocidas que se van tachando a medida que se van viendo. Ni yo mismo sé qué es eso de entender de arte. Vaya, ni Picasso sabía muchas veces sobre lo que pintaba. Pero mientras uno tenga la mente abierta, puede acercarse al arte sin ninguna intención de comprender nada. El arte está ahí. Dialogue usted con él y a ver qué pasa.

«Eso también lo sé hacer yo»

Este tópico va irremediablemente colocado en boca de un adolescente pseudorebelde que intenta impresionar a sus compañeros de clase ante la imagen de un Pollock. No tengo la menor duda de que esta garrapata podría hacer algo parecido a la obra del expresionista americano. Aunque el dripping no sé si sería con pincel y pintura. Ya sabéis, la obsesión onanista va por encima del gusto estético en un quinceañero superhormonado. ¿Para qué hacerle caso? No vale la pena. Es una pérdida de tiempo detenerse a explicarle que sí, que él podría hacerlo, pero que Pollock estaba antes que él, y que por eso la obra de uno vale millones y la obra de otro no sirve ni para colgarla en la nevera de su abuela. Aquí hay alguien culpable de que todas estas generaciones hayan perdido el interés por el arte. Lo que hay que oír.

Jackson Pollock
Mural
1943
«El arte ya no es popular, se ha alejado de la gente»

Bueno, esto ya es para un nivel algo superior. Aquí vuelve la figura del puritano, del entendido en arte, del que moriría por salvar el aire contenido en las Meninas de Velázquez pero que vomita sobre la tumba de Dalí. ¿Cuándo ha sido el arte cercano a la gente? Reflexionemos. ¿Para quién era el arte renacentista y barroco? Para la Iglesia y para la “clase política”. ¿Dónde guardaba Goya las pinturas que no hacía para ninguno de estos dos estamentos? En su casa. ¿Qué se dedicaron a pintar los románticos? A la clase burguesa. Y así podría hacer con todo. Si el arte ha estado cerca de la gente alguna vez ha sido ahora. Podría aceptar el Románico como etapa en que el arte también iba dedicado al pueblo. Pero los fines son tan maquiavélicos que no sé si puede considerarse popular. Ha sido en el último siglo cuando se han derruido esos grandes bastiones de poder, que controlaban el academicismo y oprimían al artista, separándolo de la calle. El arte ha vuelto a la gente y no lo hacía desde que las primitivas tribus se dedicaban a decorar cuencos y a hacer figuras de diosas fecundas. Es la sociedad la que se ha alejado ahora del arte. 

Spencer Tunick
Düsseldorf 4 (Museum Kunst Palast)
2006
La lista de tópicos podría ser mucho más larga pero vivimos en unos tiempos tan rápidos que gloria será que tú hayas llegado hasta aquí. Podríamos hablar de la muerte del arte, de las extrañas cosas que uno ve en un lienzo, de lo elitista que es la clase artística… Tantísimos tópicos que pueden desmontarse con algo de criterio. Mi objetivo no ha sido ponerme por encima del resto y señalar con dedo acusador a los paganos que insultan al arte. Como tantas otras entradas, esta tiene la intención de remover conciencias. Si algún propósito tiene este blog es el de hacer ver que el arte puede llegar a todo el mundo. Pero el mundo debe empezar a girar hacia el arte.


Charlie W.

domingo, 23 de febrero de 2014

ANDY WARHOL sigue muy vivo

Ayer, 22 de febrero, se cumplían 27 años de la muerte de la gran superstar del arte contemporáneo. Andy Warhol dejaba corporalmente este mundo. Pero el paso del tiempo me puede dar la razón cuando afirmo que está más vivo que nunca. Studio54 cerró, la Factory puso fin a su creación de estrellas y el pop, el trash y el underground ya no son lo que eran. Pero queda el resplandor, una imagen difusa que sigue intentando no apagarse. Mucho se ha dicho sobre Andy, aunque nunca es demasiado. Como no podía ser de otra forma, hoy le quiero rendir mi pequeño homenaje. Así que voy a intentar recrear algo que he llamado “mis primeros contactos con Warhol”.

Supongo que Él ha estado siempre rondando por mi vida. Aunque alguien no sepa de arte –y mucho menos de arte contemporáneo– hay determinados artistas y obras que conoce sin darse cuenta. Se ha banalizado tanto la obra de arte que cualquiera puede tener un llavero de Frida Kahlo o un carro de la compra con un Mondrian. El caso warholiano –adoro esta palabra– es similar. ¿Cuántas adolescentes decorarán sus habitaciones con una burda copia de las serigrafías de Marilyn Monroe? ¿O cuántos “alternativos” llorarían la muerte de Lou Reed sin saber que fue Warhol el que lo hizo posible? Es uno de esos artistas que ha invadido el globo terráqueo desde que puso un pie en él y muchas veces pasa desapercibido.

Así que, sin mucha idea sobre quién era Warhol, diría que ya lo conocía de siempre. De hecho, no me recuerdo antes de sumergirme en su universo. La primera vez que me puse ante una obra suya fue alrededor del año 2011, cuando mi gusto artístico rompía las barreras del academicismo. Me topé con Él en la entrada de una exposición del CaixaForum llamada L’efecte del cine. Ante mí se estaba reproduciendo Sleep, la grabación de 5 horas de John Giorno, uno de sus amantes, mientras dormía. Un primer contacto bastante peculiar.


Posteriormente, un día en clase de Historia del Arte –algo que detesto por ser una estúpida forma de entender el arte– , recuerdo que se nos descuartizó la conocidísma serigrafía de la Campbell’s Soup. Me pareció una forma tan burda de hablar sobre la obra que decidí empezar a investigar por mi cuenta. Y aquí el universo warholiano se desbordó. No es una crítica al consumismo, no es una imagen de la sociedad americana, no es un ensalzamiento del capitalismo, no hay un trabajo filosófico ni estético detrás, no hay reflexión, no hay debate. Es una maldita lata de sopa reproducida en cientos de lienzos, muchas de las cuales ni tan siquiera llegó a hacer Él. Se han dedicado a vendernos una gran mentira. Para conocer a Warhol tan sólo hace falta tomar sus entrevistas o Mi filosofía de A a B y de B a A. Es hablando con Él como se conoce al verdadero Andy Warhol.

Andy Warhol
Campbell's Soup
1969
Está claro que le interesaba el arte, puede que mucho más que a algunos que lo defienden a capa y espada, y le encantaba lo que hacía porque si no, no lo hubiera hecho nunca. Pero sus motivaciones eran tan infinitas que reducirlas a la serigrafía y, encima, dotar a esta de algún pensamiento, es destripar a Warhol. No se le puede entender sin el maravilloso trabajo que hizo produciendo a la Velvet Underground o la terrible amistad que tenía con Deborah Harry. Revolucionó el mundo del cine cuando paseó a Joe Dallesandro por la ciudad de Nueva York durante hora y media de puro sexo. Fue, junto con John Waters, el hombre capaz de dar visibilidad al mundo de las travestis. Sólo hay que pararse a pensar en Divine o en Candy Darling. Y al mismo tiempo abría las puertas de la androgínia fotografiando a Grace Jones. Y, más retorcido aún, vanagloriaba a la mujer teniendo al lado a su amada Edie Sedgwick. Era un no parar de producir objetos de arte. 
Andy Warhol y Divine en el Studio54 de Nueva York.
Hace muy pocos días saltaba la noticia: Andy Warhol había sido el artista más vendido en las subastas de 2013, llegando a una recaudación de 367,4 millones de dólares, superando a su gran amigo y gran artista Basquiat. Se me intentó censurar cuando le llamé estafador. Pero qué otro nombre podríamos darle a alguien que sigue amasando una fortuna inmensa, después de muerto, con algunas obras que ni siquiera Él hizo. Siento que tengo un contacto tan grande porque he investigado tantísimo que asumo la potestad de llamarle estafador sin sentirme mal. ¡No es algo negativo! ¡27 años de su muerte y aún sigue triunfando! Es una estrella inextinguible.

Quizás me dedico a ensalzarlo por encima de lo que hizo. Pero soy incapaz de controlarme cuando me hizo temblar al ponerme ante el Mao de la Hamburger Bahnhof de Berlín. La emoción se desborda ante algo que aparentemente está vacío de toda significación. Pero está lleno de Él. Si hay un Olimpo de artistas, creo que Warhol prefirió no entrar y quedarse en los alrededores, con los marginados, los rechazados, los yonquis del arte. Una vez le preguntaron sobre la muerte, tema que le horrorizaba, y contestó: “la idea no es vivir para siempre, sino crear algo que lo haga”. Bueno, está claro que lo hizo.

Yo extasiado junto al Mao de Warhol.
Charlie W.


Para aquellos y aquellas que quieran seguir investigando sobre la vida y obra de Warhol, les recomiendo tres libros que han sido, para mí, fundamentales:
Goldsmith, Kenneth (ed.); Andy Warhol. Entrevistas. Barcelona: Blackie Books, 2010.
Hickey, Dave (ed.); Andy Warhol. “GIANT”size. Hong Kong: Phaidon, 2011.
Warhol, Andy; Mi filosofía de A a B y de B a A. España: Tusquets, 1998.
Y, por supuesto, no dejéis de escuchar la música de la Velvet Underground y ved las películas que produjo para Paul Morrissey.

domingo, 2 de febrero de 2014

La búsqueda del genio

Al hablar de genio en un ambiente cultural popular, con frecuencia se tiende a asociarlo a un personaje de la mitología semítica. El yinn, en árabe, es un ser capaz de tomar la forma de los seres vivos que le rodean además de poseer psíquicamente a los humanos. El concepto tiende más a percibirse como un cuento que a entenderse como una representación de algo que va más allá. De hecho, su paso evolutivo por la historia lo ha acabado convirtiendo en un ente capaz de conceder deseos, algo que se aleja de esa influencia mental sobre el hombre. Es decir, se ha desdibujado la capacidad de control del yinn sobre lo humano.

Caravaggio
San Mateo y el ángel (Primera versión)
1602
Si, en cambio, analizamos el genius latino, vemos que éste es un ser protector otorgado a los humanos en su nacimiento. Y ya sabemos que los romanos inventaron muchas cosas pero en lo que a mitología se refiere fueron muy buenos copistas. Así que el genius es, en realidad, una adaptación del daimon griego, una concepción muy teísta que recoge gran cantidad de acepciones. En lo que al sentido de genio se refiere, nos interesa esa idea del daimon como un ser de conexión entre lo divino y lo terrenal. Lo que nos lleva a pensar directamente en que daimon y genius serían absorbidos, entre otros muchos, por la tradición católica para dar lugar a los ángeles.







Así pues, yinn, daimon y genius son, por tanto, seres encargados de adentrarse en la mente humana para ejercer un control sobre ella. Tienen esa capacidad de traer algo del más allá al más acá. Son un límite, una frontera. Pero también son un hilo que unifica. Por ello podemos decir que los que son tocados por estos seres son dotados por el genio. Por alguna razón, su espíritu es capaz de gozar de ello.

Dejando atrás el mito y llegando hasta el logos, es decir, pasando de lo puramente popular a una facción filosófica –a pesar de que no siempre van separados ambos mundos–, Kant, el hablador del genio, diría sobre él que «es la capacidad espiritual innata (ingenium) mediante la cual la naturaleza da la regla al arte». Volvemos a encontrarnos con aquel genius que llega al humano en el momento de nacer. Kant comprende al genio como una figura que goza de un espíritu distinto al corriente. El genio es, pues, un ser posiblemente superior. Para los más puritanos, llamémosle distinto. Pero éste es capaz de ejecutar su capacidad casi divina sin reglas determinadas, sin cánones establecidos, como si tras él –o sobre él, o a su lado– alguien dictara cada una de sus acciones. El genio kantiano es incapaz de transmitir lo que posee a otros pero, al mismo tiempo, permite ser una fuente de inspiración.

Salvador Dalí junto al
Cristo de San Juan de la Cruz
En el arte contemporáneo, que es de lo que supuestamente aquí se viene a hablar, el genio tiene un nombre: Salvador Dalí. En él se unifica el ideario que hemos ido viendo. Es, porque sigue siendo y porque ni él mismo creía en su propia muerte, aquel que parece haber sido tocado por un ente divino para ejecutar su arte. No estoy diciendo que artistas como Velázquez o Vermeer, a los que el propio Dalí idolatraba, sean inferiores a él. A lo que me refiero es que hay algo en el surrealista, unas propiedades, un yo, que le dan esa potestad de genio. No es simplemente qué y cómo pinta sino también el proceso interno anterior a pintar. Hay algo que le dice qué debe hacer. Y puede que lo más sorprendente sea comprender que se dicta a sí mismo. Si lo que hemos entendido hasta ahora como genio tenía un componente humano y uno divino, parece que en Dalí son uno sólo. Él no nace con el genio sino que él ya es genio.

Debo seguir remarcando que no reniego de otros artistas. Soy capaz de ver la grandeza en decenas de ellos. Nuestra percepción artística no sería nada si no hubiéramos pasado por la perspectiva renacentista, por la realeza de Rubens, por el tremendismo de los románticos y por tantos elementos claves de la Historia del Arte. Pero lo que aquí se está debatiendo no es algo histórico sino filosófico. ¿Qué diferencia hay entre Goya y Dalí, si los dos podrían ser entendidos como genios? Me cuesta llegar a expresarlo pero creo que es precisamente esa posición del genio. Puede que a Goya le susurrara un ángel terrible en la oreja pero Dalí lo tiene en sus entrañas. Ahí está. El genio no se limita a estar en él sino que lo es; es un genio porque hace de él su propia obra de arte.

Reflexionando sobre el genio, llevo años intentando encontrar a alguien al mismo nivel que Dalí. Cuando me adentré en el mundo de Warhol empezó a aparecer esa genialidad. Y por un tiempo creí que él también era genio. Pero algo no me encajaba. Creo que lo que en Warhol falla es que reniega de esa capacidad. La extrema superficialidad en la que vivía lo hizo desinteresarse por el genio. A pesar de que estoy seguro que muy pronto supo que lo era. Además, hay otro hecho que me desestabiliza al intentar igualar a Warhol con Dalí. Viene a ser que el surrealista es anterior al progenitor del Pop Art. Quizás sólo puede haber un genio y lo es el que llega antes. ¿Y por qué no Frida, un genio femenino? Puede que ella no lo supiera. Incluso puede que se lo negara.

Sea como fuere, la realidad actual nos demuestra que no hay genio alguno entre nosotros. Con el fin del arte, hecho del que estoy totalmente convencido pero que no me pararé a desarrollar aquí, no se ha dado lugar para otro genio. Tal vez sólo puede haber un genio o acaso no nos hemos dado cuenta de otros. Por lo menos yo, repito, no soy capaz de encontrar ninguno más. Quizás lo que todavía no sé es qué es el genio y por ello no sé a quién estoy buscando.


Charlie W.

Os dejo con la entrevista a Salvador Dalí en el programa "A fondo" (1977) de TVE que ilustra muy bien a lo que me refiero cuando le llamo genio.