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domingo, 16 de noviembre de 2014

Algunas palabras sobre ESTHER FERRER

«No he hecho nada para recibir este premio, no entiendo por qué me lo dan. Sobre todo, porque soy muy crítica con la desastrosa política cultural del Gobierno.» Así de sorprendida se declaraba esta semana Esther Ferrer a El País, tras obtener el Premio Velázquez de las Artes Plásticas «por la coherencia y el rigor de su trabajo durante cinco décadas, en las que destaca como una artista interdisciplinar, centrada en la performance y conocida por sus propuestas conceptuales y radicales.» Es el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte el encargado de otorgar este galardón. La misma entidad que se está dedicando a derrumbar los pilares fundamentales de nuestra sociedad, creando autómatas sin cerebro ni corazón, obedientes y vacíos. Pero no nos pongamos tensos. Aprovechando la ocasión, dedico la entrada de hoy a repasar algunos aspectos de la carrera de Esther Ferrer que me han ayudado a pensar el arte con un enfoque distinto. Debo decir que no la conocía tanto como a otros artistas sobre los que he hablado aquí y ha sido un placer descubrirla otra vez.

Llegué a ella a través de una de sus primeras y más conocidas acciones, Íntimo y personal. Con estas palabras escritas sobre su cuerpo desnudo, la artista permitía que los participantes midieran partes de su cuerpo, del de ellos mismos y del cuerpo de los demás. Todas las medidas iban siendo apuntadas. Los números resultantes podían sumarse, dibujarse en el suelo, quemarse o no hacer nada y marcharse de la performance. Se deriva de ello lo innecesario del absoluto control sobre el cuerpo. Si vamos al contexto –final de los años 70– entendemos que Esther Ferrer fue una de aquellas primeras que se dio cuenta de la obsesión de las personas por ellas mismas y de lo improductivo de este acto. Por tanto, el largo del índice derecho o la circunferencia craneal no nos indica absolutamente nada. Son puros datos que no deberían tener implicación en el desarrollo interno del ser y en la relación con los otros.

Esther Ferrer
Íntimo y personal
1990

Supongo que esta performance en concreto es tan conocida porque en ella se muestra gran parte de lo que propondría la artista en posteriores creaciones. Esther se define como minimalista, intentando reducir al máximo los objetos que aparecen en sus acciones, haciendo que su cuerpo sea el único conducto entre ella y el público. Es la pobreza de materiales lo que la lleva a conseguir una riqueza de contenido. Se desprende de todo para despejar cualquier duda sobre lo que quiere dar a entender. Además, considera que el soporte modifica el concepto. Por eso podemos ver una misma obra con diferentes versiones producidas por los cambios de soporte que Esther aplica. Es el caso de Recorrer un cuadrado de todas las formas posibles, que con motivo de la exposición En cuatro movimientos (Museo Artium de Vitoria, 2011  2012) se encontraría en el espacio físico, en los muros, sobre dibujo y performativamente.

Tanto Íntimo y personal como Recorrer un cuadrado de todas las formas posibles nos llevan a otra de las constantes de la obra de Esther Ferrer: la repetición. En el caso de la primera propuesta, 1977 sería su origen pero, si no me equivoco, a día de hoy la sigue realizando. Si no es así, hasta hace pocos años todavía la repetía. En el caso de la obra del cuadrado, es el acto de recorrerlo de todas las formas posibles lo que genera nuevas obras. Con la repetición se encarga de provocar nuevas experiencias porque repetir es volver a hacer pero siempre de forma distinta. Siempre hay una variable que provoca un cambio en la obra. Esto liga con la idea que tiene Esther Ferrer de la performance: arte del tiempo, del espacio y de la presencia. Estos tres componentes son los que van a provocar que una acción se realice de una determinada manera y los cambios en ellos lo pueden modificar todo.

Esther Ferrer
Recorrer un cuadrado de todas las formas posibles
1997
Si eliminamos la presencia, la performance desaparece –bajo el punto de vista de Esther– y nos queda la instalación, campo donde también ha ahondado. A mí me gustaría destacar las que ha dedicado a los números primos. «Lo primero que sorprende cuando se comienza a trabajar con la serie de los números primos es que –cualquiera que sea el sistema utilizado– el resultado es siempre equilibrado, hermoso, y lo segundo que cuanto más grande es la obra, es decir, cuanto más números la forman, más interesante es la estructura, nunca simétrica, siempre en movimiento. Por ello siempre he pensado en realizar obras monumentales como suelos, muros, tapicerías, etc.» Con esta afirmación nos acerca la artista a su intento de materialización de los números primos. A través de ellos ha creado instalaciones de cuerdas donde conecta unos con otros, dibujos en los que se crean conexiones que se equilibran y suelos que responden a una lógica cósmica. Esther Ferrer ha visto en estos números la poética del caos universal, un alboroto de puntos que en conjunto parecen ordenados y estables.

Ésther Ferrer
Instalación basada en la serie de los números primos
1996

Se aleja esta práctica de lo que comentábamos al principio, cuando la artista formaba parte del grupo ZAJ, surgido en plena dictadura franquista con la intención de experimentar en el happening y la performance y con una gran influencia del movimiento Fluxus de John Cage. Ahí es donde también observamos una vertiente de Esther Ferrer, la que crea un arte comprometido con pinceladas de ironía. Su trayectoria no mantiene una constante crítica con los sucesos mundiales o nacionales pero sí deja entrever intentos de motivación del pensamiento sobre el cuerpo, la edad o el paso del tiempo. En Esther Ferrer vemos una artista polivalente, un manso río constante de reflexión y de reflexión sobre la reflexión. Esther es una línea que avanza, se retuerce sobre sí misma, vuelve a comenzar, se corta, salta y se bifurca. Es como el rizoma de Deleuze, un punto del que salen múltiples raíces, pudiendo afectar e incidir sobre las otras, expandiéndose en el tiempo y el espacio, como los números primos.

Charlie W.


Para empezar a profundizar en Esther Ferrer, recomiendo una breve pero interesantísima entrevista que se le realizó en el año 2012 a la artista en el programa Metrópolis de La 2.

domingo, 5 de octubre de 2014

El arte de no hacer nada

A veces, cuando uno intenta adentrarse en un tipo de cine más complicado que la comedia romántica o la acción hollywoodiense, se siente desconcertado. Me viene a la mente, por ejemplo, Nostalghia (1983) del excepcional Tarkovski. En concreto, quiero dedicar este inicio a la escena con que se cierra la película: nueve minutos de plano secuencia en los que un poeta cruza una piscina vacía con la intención de llevar de un lado a otro una vela encendida. Dos intentos fallidos y un logro final. No vengo a hablar ni de Tarkovski, ni de Nostalghia, ni del débil Gorchakov –aunque podría pasarme horas haciéndolo–. A lo que me refiero es que hace falta una cierta educación previa antes de llegar a este tipo de obras de arte para no morir del aburrimiento y quedarnos con la idea de que nos la han colado y que nada tiene sentido. Pero, a veces, hay artistas que se aprovechan del desconocimiento general para engañar. Y el público, que sigue siendo tremendamente incauto, se lo acaba creyendo.


Hace unos días me llegó la noticia que comentaré a continuación. Agradezco, de antemano, a la gente que me envía estas cosas porque acaban siendo el germen de algunas entradas como esta. La cuestión es que la web de CBC, un diario online canadiense, publicaba lo siguiente: «Artista de Nueva York crea arte invisible y los coleccionistas pagan millones». La propuesta era tan simple que basta con leer las declaraciones de la supuesta artista, Lana Newstrom: «El arte habla de la imaginación y eso es lo que mi trabajo exige a la gente que interactúa con él. Deben imaginar que la pintura o la escultura está frente a ellos». Por si no quedaba suficientemente claro, la noticia iba acompañada de una imagen en la que se podía ver un grupo de personas fascinadas frente una pared vacía. Las redes sociales quedaron estupefactas y la noticia corrió a ritmos frenéticos, llegando a cada ordenador. Al final todo se resolvió: en la radio de CBC anunciaban que todo había sido una parodia pensada para un nuevo programa de humor. No llega ni mucho menos al nivel de Operación Palace de Jordi Évole pero debe reconocerse que es un puntazo.

Entusiastas del arte admiran las pinturas y esculturas de Newstrom
en la Schulberg Gallery en Nueva York
, según decía el pie de foto en la web de CBC
Ahora bien, a pesar de la sorpresa de miles de internautas, el enfado de algunos por los desorbitados precios de una obra invisible y los grupos de esnobs que son incapaces de reconocer lo estúpido de pagar millones por nada, podemos sacar una conclusión: el mundo es tremendamente ingenuo. ¿Cómo se puede recibir una noticia así, que sólo ocupaba un par de minutos leerla, y no buscar rápidamente más información en lugar de extenderla por las redes sociales? Me da rabia aceptar que dentro del arte contemporáneo hay mucho estafador y mucho sacacuartos que podría llevar a la práctica lo mismo que sucedía con esta broma. Y eso acaba provocando una mayor desconfianza por parte del público y una imposibilidad de conocimiento de lo que realmente es el arte actual.

La semana pasada explicaba lo poco que me había aportado la performance de Marina Abramović en la Serpentine Gallery. Después de ver lo sucedido me he dado cuenta de que Marina no quería que sucediera nada, que no es que yo no hubiera captado el sentido de la acción sino que no tenía sentido alguno. Daba igual cortar la audición del visitante, cerrar los ojos y callarse. Si la propuesta hubiera ido en el sentido contrario, haciendo que la gente corriera, chillara y diera saltos durante horas, el resultado habría sido el mismo: nada.

Andrea Fraser
Projection
2008
Todo esto me permite hablar de algo que me sucedió este verano en la Tate Modern y viene perfectamente a colación. Me adentré en una sala en la que se proyectaba un vídeo de Andrea Fraser en el que ella, sentada, se dirigía al espectador y narraba experiencias vitales. Yo me coloqué en la pared opuesta a la imagen, de pie, dejando libres los taburetes centrales. Al poco rato, la proyección se apagó pero el audio continuaba. Así que supuse que aquello no había terminado. Seguidamente, entraron unos ancianos que fueron directos a sentarse y se quedaron mirándome. Aluciné. No quise decirles que la proyección empezaría en la otra pantalla. Me quedé petrificado. Y ellos allí se quedaron un buen rato, mirando y sin decirme nada. Cuando por fin se fueron, yo esperé unos segundos y justo cuando me di la vuelta para irme, vi que la proyección estaba ahora en mi lugar. Me había pasado unos diez minutos allí quieto con Andrea Fraser hablando encima de mi cuerpo.


Dejando a un lado lo estúpido que me sentí en aquel momento y la cantidad de salas por las que pasé corriendo para no mezclarme con el grupo de ancianos, todavía sigo dándole vueltas a una cosa: ¿llegaron a pensar que yo era parte de todo aquello? En ningún momento nadie me dijo nada. Yo era consciente de que me miraban porque pensaban que era parte de la instalación pero tiene mucho más sentido porque la proyección me estaba iluminando. Con esto no me las quiero dar de obra de arte, suficiente vergüenza voy a arrastrar el resto de mi vida. ¿Se hubieran sentido estúpidos aquellos ancianos si yo hubiera decidido marcharme, descubriendo que lo que ellos pensaban que formaba parte de la sala tan sólo era un tipo despistado?  Al mismo tiempo, ¿cuán estúpidos no se habrán sentido los que, creyendo que la propuesta de Lana Newstrom tiene una cierta lógica y realmente su obra debe tener un elevado precio, no es más que una burla? La sociedad dejará de ser engañada en el momento en que ponga fin al arte de no hacer nada.


Charlie W.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Mi experiencia con MARINA ABRAMOVIĆ

Marina Abramović se ha convertido en una estrella del pop. Me dirijo a ella en estos términos porque, a pesar de que a cada paso que da le surgen más detractores, yo todavía encuentro un punto artístico en su trabajo. Y el pop, le pese a quién le pese, también es arte. Aunque también el pop puede no serlo y Marina debería ir con cuidado. El pasado agosto tuve la oportunidad de viajar a Londres y visitar la Serpentine Gallery, un lugar en el centro de Kensington Gardens en el que Marina estuvo desarrollando su performance a lo largo de 512 horas, interrumpidas por el cierre diario de la galería. 

Ante todo, debería matizar el término performance en cuanto a lo que allí me encontré. Se proponía al visitante dejar cualquier objeto personal atrás y llevar puestos una especie de auriculares gigantes que aislaban el ruido por completo. El espacio se dividía en tres: una sala central en la que uno podía sentarse en sillas de madera o colocarse en una plataforma central, una sala a la derecha en la que se podía pasear y una sala a la izquierda donde tumbarse en una especie de camas bajas. Es fácil comprender que la propuesta de Marina era aislar del mundo exterior a los visitantes de la galería. ¿Por qué? No me quedó nada claro.



Si bien es cierto que al principio me angustié por el absoluto silencio y el hecho de sentarme frente a una pared me produjo algo de claustrofobia, a los pocos minutos me fui adaptando, me cambié de sitio y pude “disfrutar” de la experiencia, si es que realmente aquello era un disfrute. Ni me dediqué a caminar por una sala, ni me tumbé en las camas -¿estamos locos?- pero sí tuve momentos en los que no pensaba absolutamente en nada y llegué a dejar de pensar cuánto tenía que durar aquello y qué diablos estaba haciendo allí. Incluso a mi salida no me apetecía hablar: la visita me dejó tan relajado que no lo necesitaba. Ahora bien, hay dos cosas que me mosquean enormemente de esto.

La primera de ellas es que no me aportó nada nuevo. En la oscuridad de una habitación, con el teléfono apagado y sin relojes, uno puede desconectar al mismo nivel que en la galería. De hecho, en tu soledad puedes desconectar mucho más del mundo porque el personal de Marina –o gente anónima, aún no sé bien quién era aquella gente– se dedicaba a arrastrar a algunas personas al centro de la sala para implicarlos en la acción. Personalmente, no me gusta ni que me toque un desconocido ni mucho menos que me fuercen a algo que no quiero. Pero oye, si la señora Abramović cree que eso es lo necesario para que alguien llegue a no pensar en nada... ¡Que lo mismo me estoy aventurando y no era la propuesta! Quizás Marina buscaba una conexión entre todas las personas que allí nos encontrábamos. O puede que todo fuera parte del “Método Abramović”, que tanto ha popularizado Lady Gaga. Quién sabe, lo mismo algún día cantan juntas, a pesar de la muerte cerebral de los Little Monsters. La cuestión es que a uno no le queda muy claro qué diantres está haciendo allí cuando abre los ojos y observa como un grupillo de gente con los auriculares aislantes propios de un obrero se sientan alrededor de otros que parece que aspiran a la levitación. Me resultaban menos satánicas performances como Rhythm 5, en la que Marina saltaba al centro de una gran estrella en llamas. Adorable.

La segunda cuestión que me molestó de todo esto fue la implicación de Marina y por la que he deducido que se ha vuelto una estrella del pop. ¿Qué papel tenía ella en su propia obra? El mismo que cualquier otro que se pasara por allí. Se mantenía sentada, se daba una vuelta y en algún momento la vi hablar con otras personas. Sí, es cierto, artista es aquel que materializa la idea. Todos sabemos que cualquiera podría haberlo hecho pero ella ha sido la primera. Hasta ahí estamos de acuerdo, es el tema de siempre. Pero después de la retrospectiva de 2010 en el MoMA –en la que recuperaba muchas de sus acciones y se mantuvo 700 horas sentada frente a los visitantes del museo– uno espera que deje atrás el fanatismo para volver a la radicalidad. ¿Dónde está la Marina que rompía la sensibilidad del espectador, esa artista que hacía sufrir, que obligaba a la gente a maltratarla, que se golpeaba y se gritaba con su amado Ulay y que llegaba a poner en riesgo su vida? Puede que le haya pasado como a Gina Pane, que haya dejado atrás el maltrato para hacer una reflexión más espiritual sobre el cuerpo en esta etapa más madura de su vida. Pero quizás no era necesario convertirse en una diva. Y no seré yo el que la critique por ello cuando soy adorador, como es ampliamente sabido, de Andy Warhol, seguramente una de las mayores divas de los 70 y los 80. Pero si después de pasarse 40 años poniéndose al límite y forzando al espectador a reflexionar ahora se dedica a pavonearse por las galerías de medio mundo, auguro, muy a mi pesar, que la diva se comerá a la artista.

Charlie W. 





domingo, 30 de marzo de 2014

¿Puede mentir el arte?

Esta última semana, el mundo del arte se ha visto agitado por un acto frente al que uno no puede quedarse impasible: un performer español se desnudaba ante la Venus de Botticelli, en la Galleria degli Uffizi (Florencia), mientras le lanzaba pétalos y exclamaba “Freedom! Freedom!”. Antes de nada, debo decir que estoy totalmente a favor de un acto de tal magnitud. Si una de las vías que tiene el arte es la provocativa, Adrián Pino, que así se llama el artista, la ha explotado al máximo. Además, en una entrevista con El Mundo, Adrián asegura estar obsesionado con la obra. Habla de ella como una transición entre lo bello y lo siniestro y menciona a Eugenio Trías como desarrollador del concepto. Así que, en lo teórico, me tiene ganado. Pero como siempre me cuestiono hasta el más mínimo detalle de cada cosa, hoy me pregunto: ¿cuánto hay de cierto en esta acción?

Instante de la performance de Adrián Pino
Pongámonos en situación. A través de las redes sociales, una de las guías turísticas de la galería compartió las fotografías de lo sucedido y así se ha convertido en noticia internacional. La performance se resume a lo que he comentado antes: Adrián se desnudó ante la Venus y le lanzaba pétalos arrodillado. Posteriormente, la policía italiana acudió con unas sábanas para sacarlo de allí y llevarlo a comisaría. Fin de la performance. Pero fin de la performance aquí, cuando desaparece el performer. A ver si entendéis por donde voy. El acto no se acaba con el artista lanzando pétalos sino con los policías tapándolo y llevándoselo. Si hacemos una sencilla asociación entre la performance y el cuadro, vemos que él estaba desnudo como la Venus, los pétalos de flores aparecen en ambos espacios y, lo más curioso, hay un personaje que llega a cubrir al protagonista de la obra. En la pintura es la Primavera, en la acción fueron los Carabinieri. 


¿Puede ser producto de un montaje? Pues por poder serlo, puede. Si hay una característica por la cual el grueso de la sociedad es reticente al arte actual es el hecho de sentirse engañada. Y esta performance guarda ese componente. No estoy afirmando con esto que Adrián Pino tuviera un contrato con la galería para que así, ambos, consiguieran publicidad a nivel mundial. Este blog es tan pequeño que todavía no tiene la capacidad para ponerse en contacto con el artista y saber de primera mano lo sucedido. Pero tampoco se pretende hacer una especulación conspiranóica. Lo único que aquí se está diciendo es que cabe la posibilidad de que no fuera un acto totalmente libre. Resulta extraño que las fotos que han llegado a ojos de todos estén tan bien encuadradas que en ningún momento se ve el desnudo completo de Adrián. No me confundáis con un voyeur, no tengo necesidad. Pero si fue un acto improvisado, ¿cómo puede haber tanto material fotográfico? Es más: si se quiso echar de la galería rápidamente al performer, ¿por qué tuvieron que esperar a que llegara la policía y no actuaron los propios guardias de seguridad?


Cuando saltó la noticia, me recordó inmediatamente a algo similar que sucedió en el MoMA hace pocos años y no tuvo tanta resonancia. Durante la retrospectiva de Marina Abramović, gran cantidad de personas acudían al museo para disfrutar de la obra estrella: podían pasar unos minutos sentados frente a frente con la propia Marina, en silencio, sin hacer nada más que mirarla. Resultó que una de las visitantes quiso sentirse tan libre frente a la artista que se desnudó. La actuación de los guardias de seguridad –aunque esto de seguridad es algo falaz porque no había peligro alguno–  fue inmediata y sacaron a la chica de allí entre gritos y lágrimas. 

Imagen de lo sucedido durante la performance
de Marina Abramović en The artist is present

Por eso resulta tan peculiar que a Adrián le diera tiempo a desnudarse, completar su acto, que los demás le hicieran fotos y, por retorcer más la cuestión, que los que fueron a sacarle de la sala reprodujeran la acción del cuadro. Vaya, que sólo faltaban un par de turistas soplándole en el pelo. Pero, más allá de la intención real que pudieran tener ambas partes, debe reconocerse que la acción del artista ha servido para algo más que para formar revuelo entre los más puristas del mundo artístico.

Ante todo, la sociedad no se ha dado cuenta de lo absurda que es: se arma un escándalo tremendo porque un hombre se desnuda en un museo pero no se escandalizan de la mujer desnuda que había en la pintura frente a él. Sigue perviviendo ese analfabetismo artístico que intentó censurar a la Olympia de Manet a mediados del siglo XIX porque esta era demasiado provocativa cuando Bouguereau pintaba también mujeres desnudas que eran totalmente aceptadas. La diferencia estaba en que lo que presentaba Manet era algo real, se adentraba en el espectador, mientras que Bouguereau lo adornaba de bucolismo y mitología. Y ahora ha sucedido lo mismo: la Venus de Botticelli es una deidad romana y, como tal, no espanta, porque no es una mujer, sino una alegoría. En cambio, cuando el desnudo es de carne y hueso, se pone el grito en el cielo. Porque la gente se siente herida. Y ese dolor viene dado por una identificación del público con el performer. Aquel que se haya exclamado con este acto, no lo habrá hecho por cuestiones artísticas sino morales. Se juzga el desnudo porque tiene la capacidad de juzgar a la sociedad. El público se siente atacado y responde con rechazo.

"Una mujer"
Así pues, ¿verdad o mentira? Esto queda a la libre interpretación del lector. Juzguen ustedes mismos. Si en algo se parece esta entrada a la performance de Adrián Pino es que ambas tienen una voluntad de cambio. Desde aquí se pretende que el público reflexione con libertad, criterio y objetividad. Supongo que, aunque pudiera haber un vínculo entre la galería y el performer, la pretensión básica era remover la consciencia social y hacer ver que seguimos atados a absurdos tabús que nos condicionan en exceso. Si espanta el hecho de ver a un hombre desnudo dentro de un contexto artístico, ¿qué diablos significa, entonces, libertad?


Charlie W.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mujeres artistas: una revolución inagotable

«Los discursos que nos oprimen muy en particular a las lesbianas, mujeres y a los hombres homosexuales dan por sentado que lo que funda la sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad. […] Estos discursos de heterosexualidad nos oprimen en la medida en que nos niegan toda posibilidad de hablar si no es en sus propios términos y todo aquello que los pone en cuestión es enseguida considerado como “primario”. […] Estos discursos nos niegan toda posibilidad de crear nuestras propias categorías. Su acción sobre nosotras es feroz, su tiranía sobre nuestras personas físicas y mentales es incesante.»

De una forma tan contundente, Monique Wittig presentaba al mundo su idea acerca del pensamiento heterosexual imperante en los años 90. Su obra teórica es fundamental dentro del mundo feminista y del movimiento queer. Lo que nos viene a afirmar es que todo aquel que no sea hombre y heterosexual no tiene lugar ni en la sociedad ni en el pensamiento. Todo está conformado mediante estos dos parámetros. Podríamos llegar a incluir que este es, con toda seguridad, blanco, occidental y de clase media o alta, pero estas otras cuestiones no son el centro de interés de hoy. Wittig habla de desprenderse del lenguaje opresor, de buscar la forma en que la sociedad sea totalmente igualitaria. Se deben reformular los conceptos para que los individuos marginados históricamente tengan un lugar digno en la sociedad.

Particularmente, yo no incluiría a Monique Wittig dentro del movimiento feminista porque su pensamiento va más allá, pero sí entronca –y me sirve de pretexto, todo sea dicho– para presentar a las tres artistas de las que quiero hablar hoy. Con motivo del Día Internacional de la Mujer, me ha parecido oportuno dedicar esta entrada a aquellas que, con su arte, lucharon por la visibilidad de las mujeres en la sociedad. No fueron las primeras, eso es cierto. Sería descabellado no pensar en Frida Kahlo y Louise Bourgeois o, incluso, retrocediendo, hasta Berthe Morisot, Artemisia Gentileschi o más allá de ellas, desconocidas para mí. Todas, en mayor o menor grado, tuvieron la intención de que el arte fuera también para las mujeres. Pero las artistas que hoy nos ocupan vivieron una lucha encarnizada, directa, revolucionaria. No vengo a hablar de feminismo, vengo a reconocer el papel primordial de tres artistas que hicieron del arte su palabra.

La primera mujer y artista de la que quiero hablar es Martha Rosler. En concreto, de su obra más famosa: Semióticas de la cocina. Parodiando a las mujeres, Rosler se puso ante una cámara y durante unos minutos fue presentando los diferentes elementos de la cocina con rabia contenida. A mí siempre me ha parecido la parte oculta de la mujer americana. En apariencia es esa dulce Dolly o esa adorable Judy que aguarda en casa a que llegue su marido, rezando porque le guste el puré y no se lo tire a la cara. Pero por dentro es un león que desea abalanzarse sobre el cabrón que le ha jodido la vida y arrancarle la cabeza de un mordisco.

Martha Rosler
Semióticas de la cocina
1975

La propia Rosler afirmó que «cuando la mujer habla, da nombre a su propia opresión». Es la misma idea condenatoria de la que posteriormente hablaría Wittig. Las mujeres, encerradas en casa, en la cocina, al cuidado de los niños, al servicio de los maridos. Las mujeres, bien vestidas, peinadas y aseadas, con una sonrisa complaciente. Las mujeres, oprimidas, mancilladas, silenciadas, vejadas y olvidadas. Rosler les dice a las mujeres que ya basta de olla y cuchillo, que ya basta de agachar la cabeza.

Otra de las artistas que intentó dar voz y palabra a las mujeres fue Barbara Kruger. El hecho de trabajar habitualmente –y sobretodo en la etapa de los 70 y 80, donde nos vamos a centrar– con el cartelismo del pop art, ha provocado que su obra esté tan asumida que muchas veces pueda pasar por alto el mensaje sin llegar a calar. Culpa de la sociedad de consumo, por supuesto. Su obra, en esta época, acostumbra a seguir unos mismos patrones fácilmente reconocibles con aquello que está diciendo. Usa un lenguaje propagandístico directo, claro y cortante. La cultura heterosexual dominante había desmerecido el papel de las mujeres artistas y Kruger quería reivindicar el lugar que les tocaba, al mismo tiempo que se quejaba del clasismo, el consumismo o la libertad del ser en el mundo. La mujer en sí misma es un campo de batalla.

Barbara Kruger
Untitled (We don't need another hero)
1987
Por último, con una efímera vida pero con una obra de impacto en pro de la mujer, encontramos a Ana Mendieta. Fue capaz de fusionar el land art con el body art, llegando a unirse ella misma con la Naturaleza. Ana va a lo más primitivo del cuerpo y a la zona más mística del alma, seguramente por influencia de la santería cubana. Sus obras siempre tuvieron un vínculo entre lo físico y la Madre Tierra, haciendo que la sangre y el barro fueran una misma cosa. Ahora, toda su obra se encuentra documentada y encerrada en galerías. Pero sigue ahí, impregnando la Tierra, como si hubiera querido dejar esas marcas para quedarse siempre. Lo que hizo Ana fue reivindicar el poder de la mujer unida a esa gran madre capaz de dar vida y muerte, aquello que va más allá de lo material en los ríos, prados y montañas y que, de alguna forma, únicamente tienen las mujeres.

Ana Mendieta
Siluetas (Serie)
1973 - 1989
Siendo tan distintas, Martha, Barbara y Ana son tres ejemplos de cómo las mujeres artistas decidieron reivindicar su papel en el mundo. A partir de ellas podríamos encontrar y destacar a otras muchas que también consiguieron algo con su arte. De alguna forma, ellas fueron el precedente del gran trabajo que a día de hoy hace FEMEN para que las mujeres dejen de ser un objeto sin opción a pensar. Son tan sólo un colectivo de los muchos movimientos que buscan que la mujer decida por sí misma. Al igual que la banda punk Pussy Riot, el colectivo Pornoterrorista o Itziar Okariz, de la cual espero poder hablar algún día. Las artistas, al igual que las filósofas, las científicas o las políticas han puesto su grano de arena en la visibilidad de la mujer y en su representatividad. Pero que tampoco caiga nunca en el olvido aquello que también hacen las panaderas, las vendedoras, las dentistas, las limpiadoras o las periodistas. Es algo que han hecho ellas. Y también es algo que debemos hacer todos y todas.

Charlie W.

domingo, 27 de octubre de 2013

Body Pressure

El pasado mes de agosto tuve la suerte de poder viajar a Berlin. Debo decir que como ciudad no fue todo lo que esperaba. Considero que era mucho menos moderna de la imagen que ya tenía preconcebida. A pesar de ello, fue un viaje del que extraigo ahora una grata sorpresa: la Hamburger Bahnhof, una antigua estación de tren que alberga el Museo de Arte Contemporáneo. Al margen de la maravillosa colección de Pop Art encabezada por Andy Warhol, pude descubrir una exposición sobre el cuerpo que es, como mínimo, excitante.

Ocupando la sala central del museo, el visitante se topaba con Body Pressure, un repaso por el estudio escultórico y performativo del cuerpo desde los 60 hasta el momento actual. La propuesta es sencilla: pretende ser una exposición que acerque al espectador a esas formas en que los artistas se han visto a sí mismos, en lo físico, y como lo han transportado al arte. De como el cuerpo se ha convertido en objeto artístico y, de alguna forma, filosófico.

Rompiendo con el ideal escultórico de bronce y mármol, podemos encontrar creaciones que se mueven entre el plástico, la cerámica, la cera o la goma, además de aunarse con vídeos performativos. No es un compendio de monumentos, no son únicamente objeto de exhibición. El público tiene esa moderna posibilidad de formar parte de la obra, de no ser un mero espectador. Son esculturas que están ahí para ser contempladas pero también para suscitar algo que establezca un debate entre el cuerpo artístico y el cuerpo físico, entre el ser que mira y el que es mirado.

David, Kopf groß
Hans-Peter Feldmann
Lady with Shopping Bags
Duane Hanson
Por una parte, la escultura más destacable de carácter figurativo, podía deleitarnos con las impactantes obras de Duane Hanson o Paul McCarthy, críticos de la sociedad y artistas dedicados a representar el cuerpo como lienzo de la cultura, llegando a cuestionar lo absurdo de nuestra existencia. También había un sector más introspectivo e igualmente chocante compuesto por Martin Kippenberger y Ryan Gander, artistas que miran hacia sí mismos, que en su obra hacen una visión de quienes son, de su papel en el mundo, un análisis de sus virtudes y sus miedos. Los más excéntricos de este sector, y no por ello menos interesantes, son Hans-Peter Feldmann y Urs Fischer: hablan del papel de la historia del arte en el ahora y de la efímero de cualquier arte.

Por otra parte, destacaría las obras de John McCraken y Franz Erhard Walther, en las que desaparece el espectador. Aquel que se había dedicado a la mera contemplación se convierte ahora en parte de la obra. El cuestionamiento de lo físico ya no es de agentes externos al público sino del propio público, del “yo” visitante y actor. Además, no puedo dejar de lado la propuesta de Bruce Nauman, la que da nombre a toda la exposición. Aquí, ese visitante entra de lleno con su cuerpo en el arte y se pone a prueba a sí mismo. Es de esas pocas veces en que es tan gratificante poder sentirse acogido por la creación artística.

Freeing the Body
Marina Abramović
Finalmente, podemos encontrarnos diferentes pantallas con las creaciones de Friederike Pezold, Nam June Paik, Valie Export, Gilbert & George o Marina Abramović. Aquí se unen diferentes propuestas. Es una mezcla de el estudio del propio cuerpo, desde el narcisismo o la resistencia que este puede tener, hasta discursos sobre el feminismo en contraste con la sensualidad-sexualidad femenina, llegando a un debate místico-religioso. Que en una exposición escultórica sobre el cuerpo se permita la entrada del vídeo me pareció un punto muy favorable.

Por tanto, después de este repaso extenso pero no completo, recomiendo a todo aquel que tenga la oportunidad de visitar Berlin, que no pierda la oportunidad de pasarse por la Hamburger Bahnhof para disfrutar de Body Pressure, es toda una experiencia. La podéis encontrar allí hasta el 12 de enero del próximo año. De todas formas, si tenéis ocasión de ir a Berlin en algún punto de vuestra vida, acercaros a este museo. Es un deleite para el consumidor de arte contemporáneo.


Charlie W.


En memoria de Lou Reed, en el día de su muerte, porque su música es una fuente de inspiración y porque él ha sido uno de los pilares fundamentales para que yo sea quien soy.

domingo, 6 de octubre de 2013

Las radicales performances de MILLIE BROWN

Alrededor de los años 50 del siglo pasado, los artistas estadounidenses empezaron a desarrollar algo llamado happenings, acciones teatrales callejeras que pretendían motivar al público que las observaba. Y ya sabemos que el arte tiende al extremo, así que tendrían que pasar tan sólo veinte años para el nacimiento de la performance, manifestaciones que radicalizaban el papel del artista y cuestionaban los límites del arte. El cuerpo ya no era un contenedor de obras sino que se convertía en el lienzo y en el pincel. Se dejaba atrás todo elemento que no fuera el más puro “yo” físico y artístico.

Desde entonces hasta el punto en que nos encontramos a día de hoy, gran variedad de artistas han hecho de la performance su proyección artística, una forma de expresión que ha avanzado hasta lo más recóndito de cada ser. Es aquí donde nos encontramos a la artista que nos ocupa, Millie Brown, una joven inglesa que ha sabido recoger toda esa tradición y crear algo muy propio. Las performances de Millie no son aptas para público sensible así es que para llegar a comprenderlas se debe tener una concepción artística muy amplia.

Millie vomita. Tan simple como eso. Y a la vez tan complicado. La artista se reúne ante un grupo que decide observar como crea obras a partir de sus fluidos gástricos. Pero no todo se resume a eso. Detrás de las performances de Millie hay todo un sentido que la lleva a ingerir leche con colorante para después regurgitarla y crear una composición pictórica sobre un lienzo que se extiende a sus pies. Sí, es una creación muy extrema y puede que para algunos pueda resultar desagradable contemplarlo, pero considero que debe conocerse la experiencia artística. Así que para los más osados me interrumpo con una de sus performances más conocidas, Nexus Vomitus, a pesar de ser una grabación sin público que no causa la misma reacción que un directo. Para aquellos que no se vean con un estómago capaz de resistirlo, dejo el resultado final de la acción. A todos, os acompaño a seguir descubriendo a Millie más abajo.




Resultado de Nexus Vomitus

¿Rompedor, verdad? Pues bien, Millie no es una joven bulímica que busca llamar la atención. El uso de fluidos en la creación artística se convirtió en algo habitual en el momento en que las acciones iniciaron su radicalización. Millie únicamente bebe –nunca mejor dicho– de una tradición del cuerpo doliente. Los artistas de los 70 realizaban prácticas contraculturales, sometían al cuerpo al dolor para romper con todo aquello que pretendía imponerse, un arte comprometido con una sociedad que destruía esquemas. Gina Pane es quizás una de las artistas que más entronca con el sufrimiento, pues se realizaba cortes con cuchillas por todo el cuerpo ante un atónito público que no sabía reaccionar. Incluso si nos remitimos mucho más atrás de Gina, y en palabras de la propia Millie, el expresionismo de Pollock es lo que la conduce a pintar de esa forma. Ya no hay ni pincel, ni palos, ni cuchillos. La pintura se arroja desde el estómago, desde lo más profundo del “yo” para extraer las emociones más aferradas en su interior.

Millie Brown se opone a lo Sublime, intentando que el espectador descubra otras formas de Belleza en lo abyecto. Se expone a unos niveles que la llevan a límites muy finos entre el arte y la locura. Rompe los moldes de una sociedad adormecida y cada vez más acomodada. Presenta realidades. Desde sus primeras performances vomitando sobre sí misma hasta el vómito sobre el lienzo o sobre otros participantes, Millie busca lo obsceno y lo hiriente sin ningún tipo de ilusionismo, es toda una verdad. Enfrentándose a sí misma provoca que el espectador también lo haga. Aquel que contempla su arte, descubre unos cánones impuestos en su interior que se destruyen con la performance, con un acto libre tan propio que no responde ante nada ni ante nadie.

Charlie W.


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