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domingo, 5 de octubre de 2014

El arte de no hacer nada

A veces, cuando uno intenta adentrarse en un tipo de cine más complicado que la comedia romántica o la acción hollywoodiense, se siente desconcertado. Me viene a la mente, por ejemplo, Nostalghia (1983) del excepcional Tarkovski. En concreto, quiero dedicar este inicio a la escena con que se cierra la película: nueve minutos de plano secuencia en los que un poeta cruza una piscina vacía con la intención de llevar de un lado a otro una vela encendida. Dos intentos fallidos y un logro final. No vengo a hablar ni de Tarkovski, ni de Nostalghia, ni del débil Gorchakov –aunque podría pasarme horas haciéndolo–. A lo que me refiero es que hace falta una cierta educación previa antes de llegar a este tipo de obras de arte para no morir del aburrimiento y quedarnos con la idea de que nos la han colado y que nada tiene sentido. Pero, a veces, hay artistas que se aprovechan del desconocimiento general para engañar. Y el público, que sigue siendo tremendamente incauto, se lo acaba creyendo.


Hace unos días me llegó la noticia que comentaré a continuación. Agradezco, de antemano, a la gente que me envía estas cosas porque acaban siendo el germen de algunas entradas como esta. La cuestión es que la web de CBC, un diario online canadiense, publicaba lo siguiente: «Artista de Nueva York crea arte invisible y los coleccionistas pagan millones». La propuesta era tan simple que basta con leer las declaraciones de la supuesta artista, Lana Newstrom: «El arte habla de la imaginación y eso es lo que mi trabajo exige a la gente que interactúa con él. Deben imaginar que la pintura o la escultura está frente a ellos». Por si no quedaba suficientemente claro, la noticia iba acompañada de una imagen en la que se podía ver un grupo de personas fascinadas frente una pared vacía. Las redes sociales quedaron estupefactas y la noticia corrió a ritmos frenéticos, llegando a cada ordenador. Al final todo se resolvió: en la radio de CBC anunciaban que todo había sido una parodia pensada para un nuevo programa de humor. No llega ni mucho menos al nivel de Operación Palace de Jordi Évole pero debe reconocerse que es un puntazo.

Entusiastas del arte admiran las pinturas y esculturas de Newstrom
en la Schulberg Gallery en Nueva York
, según decía el pie de foto en la web de CBC
Ahora bien, a pesar de la sorpresa de miles de internautas, el enfado de algunos por los desorbitados precios de una obra invisible y los grupos de esnobs que son incapaces de reconocer lo estúpido de pagar millones por nada, podemos sacar una conclusión: el mundo es tremendamente ingenuo. ¿Cómo se puede recibir una noticia así, que sólo ocupaba un par de minutos leerla, y no buscar rápidamente más información en lugar de extenderla por las redes sociales? Me da rabia aceptar que dentro del arte contemporáneo hay mucho estafador y mucho sacacuartos que podría llevar a la práctica lo mismo que sucedía con esta broma. Y eso acaba provocando una mayor desconfianza por parte del público y una imposibilidad de conocimiento de lo que realmente es el arte actual.

La semana pasada explicaba lo poco que me había aportado la performance de Marina Abramović en la Serpentine Gallery. Después de ver lo sucedido me he dado cuenta de que Marina no quería que sucediera nada, que no es que yo no hubiera captado el sentido de la acción sino que no tenía sentido alguno. Daba igual cortar la audición del visitante, cerrar los ojos y callarse. Si la propuesta hubiera ido en el sentido contrario, haciendo que la gente corriera, chillara y diera saltos durante horas, el resultado habría sido el mismo: nada.

Andrea Fraser
Projection
2008
Todo esto me permite hablar de algo que me sucedió este verano en la Tate Modern y viene perfectamente a colación. Me adentré en una sala en la que se proyectaba un vídeo de Andrea Fraser en el que ella, sentada, se dirigía al espectador y narraba experiencias vitales. Yo me coloqué en la pared opuesta a la imagen, de pie, dejando libres los taburetes centrales. Al poco rato, la proyección se apagó pero el audio continuaba. Así que supuse que aquello no había terminado. Seguidamente, entraron unos ancianos que fueron directos a sentarse y se quedaron mirándome. Aluciné. No quise decirles que la proyección empezaría en la otra pantalla. Me quedé petrificado. Y ellos allí se quedaron un buen rato, mirando y sin decirme nada. Cuando por fin se fueron, yo esperé unos segundos y justo cuando me di la vuelta para irme, vi que la proyección estaba ahora en mi lugar. Me había pasado unos diez minutos allí quieto con Andrea Fraser hablando encima de mi cuerpo.


Dejando a un lado lo estúpido que me sentí en aquel momento y la cantidad de salas por las que pasé corriendo para no mezclarme con el grupo de ancianos, todavía sigo dándole vueltas a una cosa: ¿llegaron a pensar que yo era parte de todo aquello? En ningún momento nadie me dijo nada. Yo era consciente de que me miraban porque pensaban que era parte de la instalación pero tiene mucho más sentido porque la proyección me estaba iluminando. Con esto no me las quiero dar de obra de arte, suficiente vergüenza voy a arrastrar el resto de mi vida. ¿Se hubieran sentido estúpidos aquellos ancianos si yo hubiera decidido marcharme, descubriendo que lo que ellos pensaban que formaba parte de la sala tan sólo era un tipo despistado?  Al mismo tiempo, ¿cuán estúpidos no se habrán sentido los que, creyendo que la propuesta de Lana Newstrom tiene una cierta lógica y realmente su obra debe tener un elevado precio, no es más que una burla? La sociedad dejará de ser engañada en el momento en que ponga fin al arte de no hacer nada.


Charlie W.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mujeres artistas: una revolución inagotable

«Los discursos que nos oprimen muy en particular a las lesbianas, mujeres y a los hombres homosexuales dan por sentado que lo que funda la sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad. […] Estos discursos de heterosexualidad nos oprimen en la medida en que nos niegan toda posibilidad de hablar si no es en sus propios términos y todo aquello que los pone en cuestión es enseguida considerado como “primario”. […] Estos discursos nos niegan toda posibilidad de crear nuestras propias categorías. Su acción sobre nosotras es feroz, su tiranía sobre nuestras personas físicas y mentales es incesante.»

De una forma tan contundente, Monique Wittig presentaba al mundo su idea acerca del pensamiento heterosexual imperante en los años 90. Su obra teórica es fundamental dentro del mundo feminista y del movimiento queer. Lo que nos viene a afirmar es que todo aquel que no sea hombre y heterosexual no tiene lugar ni en la sociedad ni en el pensamiento. Todo está conformado mediante estos dos parámetros. Podríamos llegar a incluir que este es, con toda seguridad, blanco, occidental y de clase media o alta, pero estas otras cuestiones no son el centro de interés de hoy. Wittig habla de desprenderse del lenguaje opresor, de buscar la forma en que la sociedad sea totalmente igualitaria. Se deben reformular los conceptos para que los individuos marginados históricamente tengan un lugar digno en la sociedad.

Particularmente, yo no incluiría a Monique Wittig dentro del movimiento feminista porque su pensamiento va más allá, pero sí entronca –y me sirve de pretexto, todo sea dicho– para presentar a las tres artistas de las que quiero hablar hoy. Con motivo del Día Internacional de la Mujer, me ha parecido oportuno dedicar esta entrada a aquellas que, con su arte, lucharon por la visibilidad de las mujeres en la sociedad. No fueron las primeras, eso es cierto. Sería descabellado no pensar en Frida Kahlo y Louise Bourgeois o, incluso, retrocediendo, hasta Berthe Morisot, Artemisia Gentileschi o más allá de ellas, desconocidas para mí. Todas, en mayor o menor grado, tuvieron la intención de que el arte fuera también para las mujeres. Pero las artistas que hoy nos ocupan vivieron una lucha encarnizada, directa, revolucionaria. No vengo a hablar de feminismo, vengo a reconocer el papel primordial de tres artistas que hicieron del arte su palabra.

La primera mujer y artista de la que quiero hablar es Martha Rosler. En concreto, de su obra más famosa: Semióticas de la cocina. Parodiando a las mujeres, Rosler se puso ante una cámara y durante unos minutos fue presentando los diferentes elementos de la cocina con rabia contenida. A mí siempre me ha parecido la parte oculta de la mujer americana. En apariencia es esa dulce Dolly o esa adorable Judy que aguarda en casa a que llegue su marido, rezando porque le guste el puré y no se lo tire a la cara. Pero por dentro es un león que desea abalanzarse sobre el cabrón que le ha jodido la vida y arrancarle la cabeza de un mordisco.

Martha Rosler
Semióticas de la cocina
1975

La propia Rosler afirmó que «cuando la mujer habla, da nombre a su propia opresión». Es la misma idea condenatoria de la que posteriormente hablaría Wittig. Las mujeres, encerradas en casa, en la cocina, al cuidado de los niños, al servicio de los maridos. Las mujeres, bien vestidas, peinadas y aseadas, con una sonrisa complaciente. Las mujeres, oprimidas, mancilladas, silenciadas, vejadas y olvidadas. Rosler les dice a las mujeres que ya basta de olla y cuchillo, que ya basta de agachar la cabeza.

Otra de las artistas que intentó dar voz y palabra a las mujeres fue Barbara Kruger. El hecho de trabajar habitualmente –y sobretodo en la etapa de los 70 y 80, donde nos vamos a centrar– con el cartelismo del pop art, ha provocado que su obra esté tan asumida que muchas veces pueda pasar por alto el mensaje sin llegar a calar. Culpa de la sociedad de consumo, por supuesto. Su obra, en esta época, acostumbra a seguir unos mismos patrones fácilmente reconocibles con aquello que está diciendo. Usa un lenguaje propagandístico directo, claro y cortante. La cultura heterosexual dominante había desmerecido el papel de las mujeres artistas y Kruger quería reivindicar el lugar que les tocaba, al mismo tiempo que se quejaba del clasismo, el consumismo o la libertad del ser en el mundo. La mujer en sí misma es un campo de batalla.

Barbara Kruger
Untitled (We don't need another hero)
1987
Por último, con una efímera vida pero con una obra de impacto en pro de la mujer, encontramos a Ana Mendieta. Fue capaz de fusionar el land art con el body art, llegando a unirse ella misma con la Naturaleza. Ana va a lo más primitivo del cuerpo y a la zona más mística del alma, seguramente por influencia de la santería cubana. Sus obras siempre tuvieron un vínculo entre lo físico y la Madre Tierra, haciendo que la sangre y el barro fueran una misma cosa. Ahora, toda su obra se encuentra documentada y encerrada en galerías. Pero sigue ahí, impregnando la Tierra, como si hubiera querido dejar esas marcas para quedarse siempre. Lo que hizo Ana fue reivindicar el poder de la mujer unida a esa gran madre capaz de dar vida y muerte, aquello que va más allá de lo material en los ríos, prados y montañas y que, de alguna forma, únicamente tienen las mujeres.

Ana Mendieta
Siluetas (Serie)
1973 - 1989
Siendo tan distintas, Martha, Barbara y Ana son tres ejemplos de cómo las mujeres artistas decidieron reivindicar su papel en el mundo. A partir de ellas podríamos encontrar y destacar a otras muchas que también consiguieron algo con su arte. De alguna forma, ellas fueron el precedente del gran trabajo que a día de hoy hace FEMEN para que las mujeres dejen de ser un objeto sin opción a pensar. Son tan sólo un colectivo de los muchos movimientos que buscan que la mujer decida por sí misma. Al igual que la banda punk Pussy Riot, el colectivo Pornoterrorista o Itziar Okariz, de la cual espero poder hablar algún día. Las artistas, al igual que las filósofas, las científicas o las políticas han puesto su grano de arena en la visibilidad de la mujer y en su representatividad. Pero que tampoco caiga nunca en el olvido aquello que también hacen las panaderas, las vendedoras, las dentistas, las limpiadoras o las periodistas. Es algo que han hecho ellas. Y también es algo que debemos hacer todos y todas.

Charlie W.

domingo, 23 de febrero de 2014

ANDY WARHOL sigue muy vivo

Ayer, 22 de febrero, se cumplían 27 años de la muerte de la gran superstar del arte contemporáneo. Andy Warhol dejaba corporalmente este mundo. Pero el paso del tiempo me puede dar la razón cuando afirmo que está más vivo que nunca. Studio54 cerró, la Factory puso fin a su creación de estrellas y el pop, el trash y el underground ya no son lo que eran. Pero queda el resplandor, una imagen difusa que sigue intentando no apagarse. Mucho se ha dicho sobre Andy, aunque nunca es demasiado. Como no podía ser de otra forma, hoy le quiero rendir mi pequeño homenaje. Así que voy a intentar recrear algo que he llamado “mis primeros contactos con Warhol”.

Supongo que Él ha estado siempre rondando por mi vida. Aunque alguien no sepa de arte –y mucho menos de arte contemporáneo– hay determinados artistas y obras que conoce sin darse cuenta. Se ha banalizado tanto la obra de arte que cualquiera puede tener un llavero de Frida Kahlo o un carro de la compra con un Mondrian. El caso warholiano –adoro esta palabra– es similar. ¿Cuántas adolescentes decorarán sus habitaciones con una burda copia de las serigrafías de Marilyn Monroe? ¿O cuántos “alternativos” llorarían la muerte de Lou Reed sin saber que fue Warhol el que lo hizo posible? Es uno de esos artistas que ha invadido el globo terráqueo desde que puso un pie en él y muchas veces pasa desapercibido.

Así que, sin mucha idea sobre quién era Warhol, diría que ya lo conocía de siempre. De hecho, no me recuerdo antes de sumergirme en su universo. La primera vez que me puse ante una obra suya fue alrededor del año 2011, cuando mi gusto artístico rompía las barreras del academicismo. Me topé con Él en la entrada de una exposición del CaixaForum llamada L’efecte del cine. Ante mí se estaba reproduciendo Sleep, la grabación de 5 horas de John Giorno, uno de sus amantes, mientras dormía. Un primer contacto bastante peculiar.


Posteriormente, un día en clase de Historia del Arte –algo que detesto por ser una estúpida forma de entender el arte– , recuerdo que se nos descuartizó la conocidísma serigrafía de la Campbell’s Soup. Me pareció una forma tan burda de hablar sobre la obra que decidí empezar a investigar por mi cuenta. Y aquí el universo warholiano se desbordó. No es una crítica al consumismo, no es una imagen de la sociedad americana, no es un ensalzamiento del capitalismo, no hay un trabajo filosófico ni estético detrás, no hay reflexión, no hay debate. Es una maldita lata de sopa reproducida en cientos de lienzos, muchas de las cuales ni tan siquiera llegó a hacer Él. Se han dedicado a vendernos una gran mentira. Para conocer a Warhol tan sólo hace falta tomar sus entrevistas o Mi filosofía de A a B y de B a A. Es hablando con Él como se conoce al verdadero Andy Warhol.

Andy Warhol
Campbell's Soup
1969
Está claro que le interesaba el arte, puede que mucho más que a algunos que lo defienden a capa y espada, y le encantaba lo que hacía porque si no, no lo hubiera hecho nunca. Pero sus motivaciones eran tan infinitas que reducirlas a la serigrafía y, encima, dotar a esta de algún pensamiento, es destripar a Warhol. No se le puede entender sin el maravilloso trabajo que hizo produciendo a la Velvet Underground o la terrible amistad que tenía con Deborah Harry. Revolucionó el mundo del cine cuando paseó a Joe Dallesandro por la ciudad de Nueva York durante hora y media de puro sexo. Fue, junto con John Waters, el hombre capaz de dar visibilidad al mundo de las travestis. Sólo hay que pararse a pensar en Divine o en Candy Darling. Y al mismo tiempo abría las puertas de la androgínia fotografiando a Grace Jones. Y, más retorcido aún, vanagloriaba a la mujer teniendo al lado a su amada Edie Sedgwick. Era un no parar de producir objetos de arte. 
Andy Warhol y Divine en el Studio54 de Nueva York.
Hace muy pocos días saltaba la noticia: Andy Warhol había sido el artista más vendido en las subastas de 2013, llegando a una recaudación de 367,4 millones de dólares, superando a su gran amigo y gran artista Basquiat. Se me intentó censurar cuando le llamé estafador. Pero qué otro nombre podríamos darle a alguien que sigue amasando una fortuna inmensa, después de muerto, con algunas obras que ni siquiera Él hizo. Siento que tengo un contacto tan grande porque he investigado tantísimo que asumo la potestad de llamarle estafador sin sentirme mal. ¡No es algo negativo! ¡27 años de su muerte y aún sigue triunfando! Es una estrella inextinguible.

Quizás me dedico a ensalzarlo por encima de lo que hizo. Pero soy incapaz de controlarme cuando me hizo temblar al ponerme ante el Mao de la Hamburger Bahnhof de Berlín. La emoción se desborda ante algo que aparentemente está vacío de toda significación. Pero está lleno de Él. Si hay un Olimpo de artistas, creo que Warhol prefirió no entrar y quedarse en los alrededores, con los marginados, los rechazados, los yonquis del arte. Una vez le preguntaron sobre la muerte, tema que le horrorizaba, y contestó: “la idea no es vivir para siempre, sino crear algo que lo haga”. Bueno, está claro que lo hizo.

Yo extasiado junto al Mao de Warhol.
Charlie W.


Para aquellos y aquellas que quieran seguir investigando sobre la vida y obra de Warhol, les recomiendo tres libros que han sido, para mí, fundamentales:
Goldsmith, Kenneth (ed.); Andy Warhol. Entrevistas. Barcelona: Blackie Books, 2010.
Hickey, Dave (ed.); Andy Warhol. “GIANT”size. Hong Kong: Phaidon, 2011.
Warhol, Andy; Mi filosofía de A a B y de B a A. España: Tusquets, 1998.
Y, por supuesto, no dejéis de escuchar la música de la Velvet Underground y ved las películas que produjo para Paul Morrissey.

domingo, 8 de diciembre de 2013

MARLA JACARILLA, ¿escritora o artista?

Marla Jacarilla provoca empatía. Eso es lo que salí pensando la primera y, de momento, única vez que la vi. Su trato hacia aquel que la escucha derriba las barreras del artista concebido como Genio situado en el Panteón divino. Ella es sencilla como sencillo es su arte. Y seguramente aquí es donde reside la capacidad que tiene para poder mantener una conexión simbiótica con quien contempla y descubre su obra, aquel que la recibe.

En un mundo que navega entre el Net.art, el vídeo, la instalación, la performance o la fotografía, Marla tiene la capacidad de reunirlo todo y aplicar la vía artística sobre la literatura. No es una división entre los dos. No es una escisión. Tampoco es una forma de mostrar las diferencias. Es un intersticio. La artista se sitúa en un lugar particular creado por ella misma donde arte y literatura se fusionan, donde ella se ve capacitada para pasear y para dar lugar a su creación.

A partir del objeto literario, Marla engendra el objeto artístico. Es decir, el objeto literario es concebido de forma artística hasta que las dos materias se fusionan. Y todo con un propósito: presentar realidades. La idea que unifica la obra de la artista es intentar que aquel que experimenta o contempla sus creaciones, aquel que las absorbe o que es absorbido por ellas, despierte de un mundo donde le han colocado para pensar que únicamente existe una realidad posible. Lo que hace Marla es mostrar que hay otras formas de concebir las cosas, que la literatura está llena de matices gracias a la riqueza de la lengua y al ingenio del autor, un ejecutante que dice más de lo que puede llegar a saber.

Estos diferentes niveles de interpretación de un mismo concepto literario surgen a partir de la experimentación. Sabiendo que el fracaso es una posibilidad y aceptando éste como parte del proceso artístico, Marla inicia un camino desde un texto y da como resultado múltiples opciones, en función de la naturaleza del objeto artístico. Es capaz de deformar el texto primigenio, rehacerlo, destruirlo, convertirlo en imagen, llevarlo a su ejecución o trabajarlo hasta darse cuenta de que está errando en el intento.

A lo largo de toda su obra encontramos una constante: subjetivismo. Si al principio decíamos que Marla provoca empatía es precisamente por su libertad a la hora de entrar y salir del texto cuando le place y de la forma en que le place. Seria hipócrita pensar que pueden existir diferentes realidades si el propio sujeto no experimenta una de ellas. Pero no comete este error. Su obra artística nace de la experiencia, del trato con los textos, del recuerdo amable o hiriente que éstos generaron. Reproduce sensaciones desde su “yo” que otros que reciben su obra también han podido sentir con esos mismos textos sobre los que ella trabaja. Es por esto que conecta, porque establece un discurso de tú a tú, de igual a igual, en el que acepta al sujeto del otro sin olvidar el suyo propio. Este discurso subjetivo explota en las creaciones donde ella misma narra los textos que crea.

Para entender más a qué nos referimos con el “sujeto Marla”, podemos dividir sus obras en dos grupos. Podríamos escoger cualquiera de su amplia creación pero estas que ahora pasamos a describir son las que más se adaptan para comprender las dos vías que sigue. Estos dos grupos se dividen entre las obras que ella crea a partir de otros sujetos y las obras donde son los otros los que pueden dar forma a lo que ella propone.

Por tanto, del primer grupo, de esas donde se sirve de otro sujeto, podemos destacar Si sólo son libros y 101 retratos al azar de algunos usuarios del subsuelo. En la primera obra, Marla interpreta diferentes fragmentos de libros que han sido importantes para ella a lo largo de su vida. Esto da lugar a fotografías, ilustraciones o dibujos en base a lo que se explica. La segunda obra tiene más relación con el sujeto humano, donde ella crea 101 historias que imaginó a partir de personas que vio en el metro. Es en este primer grupo donde la artista, como sujeto, se deja influir por su propia experiencia y crea un objeto artístico que podrá conectar fácilmente con el que lo recibe. Cualquiera se puede sentir identificado con el libro que ella interpreta o con la vida narrada de otro.

Del segundo grupo, de aquellas obras donde es el otro el que decide sobre la idea de Marla, encontramos Las bifurcaciones electivas. A través de vídeos, el receptor puede recorrer, de forma fragmentada, la biografía de un personaje inventado. Es él quien decide la experiencia, quien decide el rumbo que toma la historia, relacionándose al mismo tiempo con diversas obras y escritores. La obra lleva, pues, a la reflexión sobre la creación literaria y la forma de composición de los autores.


Entonces: ¿escritora o artista? Sería complicado encuadrar a Marla Jacarilla en uno de estos dos universos. Y, de hecho, no lo haré. Porque a partir de su obra es capaz de demostrar que la literatura y el arte pueden unirse. La fragmentación, el hipertexto, la libre interpretación, la creación desde cero o la recreación son unas constantes que Marla utiliza a lo largo de su obra. No es cuestión de pincel o lápiz, lienzo o folio de papel. Es la posibilidad que tiene la artista actual de tomar un concepto y llevarlo a la práctica, trabajarlo hasta llegar a la creación artística como no se había hecho todavía. Y esto de tú a tú, sin que ningún Genio ocupe el intersticio donde el receptor es invitado por Marla para vivir una experiencia y descubrir otra realidad. 

Charlie W.


Aquí os dejo un enlace a la web de Marla donde podréis descubrir gran parte de su obra.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El terror en el arte

Podemos entender el terror como una sensación inevitable por la que todos los seres humanos pasan o han pasado ante cualquier amenaza, real o ficticia. El terror es aquello que descubrimos en el momento en que la consciencia llega a nosotros y se perturba. A lo largo de toda nuestra vida quedaremos marcados, por tanto, con este estigma. Al tiempo que nos impedirá enfrentarnos a determinados elementos, el terror también nos protegerá de sí mismo.

Así pues, los artistas, a lo largo de la Historia, han tenido intención de plasmar mediante su obra, los miedos más recónditos que se escondían en su subconsciente. O incluso utilizar el terror para atemorizar a la sociedad. Podemos remontarnos a las iglesias románicas y a esa intencionalidad adoctrinadora y terrorífica de los pantocrátores que desde la oscuridad parecían controlar al creyente. Avanzamos hasta Goya y descubrimos como plasmó el horror en forma de realidad, como supo extraer las barbaridades de una guerra y las imperfecciones de la mente humana para darlo a conocer al mundo, a su mundo. Y el quid de la cuestión estalla a finales del siglo XIX, con la llegada del Romanticismo y el Simbolismo, con un sujeto que se temía a sí mismo y con unas representaciones que recreaban, en ocasiones, pesadillas.

Pero como lo que aquí nos atañe es el arte contemporáneo, vamos a tratar de ver cual es la situación del terror en el punto actual. Si bien es cierto que la tradición ha colaborado en la creación de un arte que muestra los miedos del siglo XXI, las innovaciones técnicas han contribuido a que esta representación sea lo más verdadera posible para atemorizar al espectador. Para no crear una maraña artística, prefiero centrarme en dos grupos: el terror ficticio y el terror real.

Vasoline
Michael Hussar
Del primer grupo, del terror ficticio, diremos que es ese que bebe directamente del Simbolismo. Podríamos remontarnos a Carlos Schwabe, un pintor suizo-alemán que dedicó su obra a recrear seres, esencialmente mujeres, que podrían ser el resultado de una horrible noche de pesadillas. ¿Y a quién nos encontramos a día de hoy de forma equitativa? A artistas tan terribles como Michael Hussar. Con una intensidad tremendamente realista, Hussar pinta unos óleos que recrean personajes que podrían haber salido de un obsceno infierno dantesco. Es un artista visceral, violento incluso, que hace que los protagonistas de sus obras ataquen al espectador, que le generen una angustia y un rechazo abyecto. Rodeado por la sangre, el dolor, el contraste del blanco y el negro o la deformidad, Hussar crea unos seres únicos y escalofriantes. 


Snowflake
Scott Radke
Al mismo tiempo, en este grupo de terror ficticio, podemos encontrar a Scott Radke, creador de un mundo más surrealista y no tan macabro como Hussar. Es uno de los encargados de seguir en la línea de creación del conocidísimo Tim Burton. Las criaturas de ambos nos llevan a mundos irreales, fantásticos, que combinan lo terrorífico con la diversión. A diferencia de Hussar, Radke o Burton pretenden hacer que sus personajes sean más adorables que aborrecibles. Saben unir a la perfección una apariencia temible con una personalidad tierna. Tim Burton tiene la posibilidad de atraer al público gracias al cine, pero Scott Radke también es capaz de encandilar al espectador con una obra inerte.


Y en el otro sector, en ese terror real, nos encontramos un mundo seguramente más horrible que el primero. La pesadilla desaparece y nos topamos con algo verídico. Aquí ya no hay seres estrambóticos, ni juegos técnicos, ni ilusión. Lo que nos encontramos en el terror real son seres de carne y hueso, con alma. Reales, al fin y al cabo. Este terror nos muestra lo más bajo de la sociedad, la podredumbre humana, lo oscuro del mundo y su deterioro. Nos golpea con la culpabilidad de permitir el horror y nos impacta para que intentemos repararlo. Es un arte con un punto adoctrinador porque pretende remover el estómago del público bajo un clima de violencia y muerte.

A mediados del siglo pasado, los artistas se unieron para crear un arte que ilustrara lo que había pasado, en un intento de evitar una repetición del horror. Una práctica artística que se ha extendido desde entonces hasta nuestros días porque somos incapaces de pararnos a pensar un segundo por intentar cambiar algo. No podemos escuchar a Zoran Music, que después de vivir el exterminio nazi desde dentro, se dedicó a pintar cadáveres. Tampoco a artistas como Iri y Toshi Maruki, que recrearon los efectos de las bombas de Hiroshima en grandiosos paneles. No contemplaríamos su obra aunque nos la pusieran en la puerta de casa. Por miedo a la verdad. Incluso cuando contemplamos la obra de Francis Bacon, que parece más común y más cercana, no nos damos cuenta del grito del autor, de la necesidad de taladrar el cerebro y poner fin al terror real.

Es por ello que todavía se mantiene viva esta práctica artística. El contexto ha cambiado, pero no el concepto. Después del atentado de las Torres Gemelas, Jack Whitten creó un panel similar al anterior citado del desastre de Hiroshima. Pero dio un paso más y utilizó sangre, huesos y cenizas. Y pasó desapercibido. Como pasan desapercibidas las críticas del incontrolable Banksy, tan abucheado y a la vez tan necesario en su labor de llevar el arte y la realidad terrorífica al gran grupo de la sociedad. En última instancia, aunando las innovaciones técnicas con el contexto actual, os dejo con la obra de Regina José Galindo, una artista más en un mundo de autores que pretenden que la sociedad despierte. Espero que con este vídeo, su creación, por lo menos, se os abran los ojos.




Charlie W.

domingo, 27 de octubre de 2013

Body Pressure

El pasado mes de agosto tuve la suerte de poder viajar a Berlin. Debo decir que como ciudad no fue todo lo que esperaba. Considero que era mucho menos moderna de la imagen que ya tenía preconcebida. A pesar de ello, fue un viaje del que extraigo ahora una grata sorpresa: la Hamburger Bahnhof, una antigua estación de tren que alberga el Museo de Arte Contemporáneo. Al margen de la maravillosa colección de Pop Art encabezada por Andy Warhol, pude descubrir una exposición sobre el cuerpo que es, como mínimo, excitante.

Ocupando la sala central del museo, el visitante se topaba con Body Pressure, un repaso por el estudio escultórico y performativo del cuerpo desde los 60 hasta el momento actual. La propuesta es sencilla: pretende ser una exposición que acerque al espectador a esas formas en que los artistas se han visto a sí mismos, en lo físico, y como lo han transportado al arte. De como el cuerpo se ha convertido en objeto artístico y, de alguna forma, filosófico.

Rompiendo con el ideal escultórico de bronce y mármol, podemos encontrar creaciones que se mueven entre el plástico, la cerámica, la cera o la goma, además de aunarse con vídeos performativos. No es un compendio de monumentos, no son únicamente objeto de exhibición. El público tiene esa moderna posibilidad de formar parte de la obra, de no ser un mero espectador. Son esculturas que están ahí para ser contempladas pero también para suscitar algo que establezca un debate entre el cuerpo artístico y el cuerpo físico, entre el ser que mira y el que es mirado.

David, Kopf groß
Hans-Peter Feldmann
Lady with Shopping Bags
Duane Hanson
Por una parte, la escultura más destacable de carácter figurativo, podía deleitarnos con las impactantes obras de Duane Hanson o Paul McCarthy, críticos de la sociedad y artistas dedicados a representar el cuerpo como lienzo de la cultura, llegando a cuestionar lo absurdo de nuestra existencia. También había un sector más introspectivo e igualmente chocante compuesto por Martin Kippenberger y Ryan Gander, artistas que miran hacia sí mismos, que en su obra hacen una visión de quienes son, de su papel en el mundo, un análisis de sus virtudes y sus miedos. Los más excéntricos de este sector, y no por ello menos interesantes, son Hans-Peter Feldmann y Urs Fischer: hablan del papel de la historia del arte en el ahora y de la efímero de cualquier arte.

Por otra parte, destacaría las obras de John McCraken y Franz Erhard Walther, en las que desaparece el espectador. Aquel que se había dedicado a la mera contemplación se convierte ahora en parte de la obra. El cuestionamiento de lo físico ya no es de agentes externos al público sino del propio público, del “yo” visitante y actor. Además, no puedo dejar de lado la propuesta de Bruce Nauman, la que da nombre a toda la exposición. Aquí, ese visitante entra de lleno con su cuerpo en el arte y se pone a prueba a sí mismo. Es de esas pocas veces en que es tan gratificante poder sentirse acogido por la creación artística.

Freeing the Body
Marina Abramović
Finalmente, podemos encontrarnos diferentes pantallas con las creaciones de Friederike Pezold, Nam June Paik, Valie Export, Gilbert & George o Marina Abramović. Aquí se unen diferentes propuestas. Es una mezcla de el estudio del propio cuerpo, desde el narcisismo o la resistencia que este puede tener, hasta discursos sobre el feminismo en contraste con la sensualidad-sexualidad femenina, llegando a un debate místico-religioso. Que en una exposición escultórica sobre el cuerpo se permita la entrada del vídeo me pareció un punto muy favorable.

Por tanto, después de este repaso extenso pero no completo, recomiendo a todo aquel que tenga la oportunidad de visitar Berlin, que no pierda la oportunidad de pasarse por la Hamburger Bahnhof para disfrutar de Body Pressure, es toda una experiencia. La podéis encontrar allí hasta el 12 de enero del próximo año. De todas formas, si tenéis ocasión de ir a Berlin en algún punto de vuestra vida, acercaros a este museo. Es un deleite para el consumidor de arte contemporáneo.


Charlie W.


En memoria de Lou Reed, en el día de su muerte, porque su música es una fuente de inspiración y porque él ha sido uno de los pilares fundamentales para que yo sea quien soy.